La trampa de la paz y “doctrina Donroe”
“Para nosotros hay ciertos asuntos críticos que deben resolverse. Una preocupación es que, a nivel internacional, debería ser la ONU quien gestione estas situaciones de crisis.” Cardenal Pietro Parolin
“Para nosotros hay ciertos asuntos críticos que deben resolverse. Una preocupación es que, a nivel internacional, debería ser la ONU quien gestione estas situaciones de crisis.” Cardenal Pietro Parolin
Desde que el presidente de Estados Unidos presentó su iniciativa denominada “Junta de Paz” (Board of Peace) en septiembre de 2025, el debate geopolítico ha entrado en una nueva dimensión. Lanzada formalmente en enero de 2026 durante el Foro Económico Mundial en Davos, esta propuesta busca, según Trump, “promover la estabilidad, restaurar gobiernos legítimos y asegurar una paz duradera en zonas de conflicto”. Su origen se dio como un mecanismo para supervisar el alto el fuego en Gaza, pero rápidamente su mandato se amplió hacia otros conflictos globales.
En apariencia, la Junta de Paz quiere ofrecer una alternativa más eficaz a los instrumentos multilaterales tradicionales: resolver crisis, coordinar ayuda humanitaria y facilitar reconstrucciones. Trump incluso ha mencionado que la ONU “nunca” le ayudó y que su organismo podría, en algunos aspectos, reemplazarla. Pero esta visión voluntarista y centrada en el liderazgo estadounidense ha encendido alarmas entre diplomáticos internacionales y líderes religiosos. Acá está la trampa y la implementación de la “Doctrina Donroe”.
Primero, porque la Junta no es una entidad pública con base en tratados internacionales, sino una organización regida por un estatuto privado que confiere poderes extraordinarios a su presidente, Trump, que puede adoptar decisiones sin consultar a los propios miembros y mantiene un poder de veto personal. Además, se exige que los miembros permanentes aporten mil millones de dólares para formar parte, lo que la crítica la describe como una versión de “pago” del Consejo de Seguridad de la ONU.
Esta estructura contrasta con la ONU, donde el multilateralismo se basa en tratados universales, igualdad formal de Estados y procedimientos definidos en la Carta de Naciones Unidas. La creación de un organismo paralelo con criterios de membresía unilateral, poder concentrado y financiamiento exclusivo plantea una duplicidad de funciones y una posible competencia negativa con la ONU. No está claro cómo coexistirían ambos mecanismos, qué autoridad legal tendría la Junta frente a la ONU, y cómo se evitarían conflictos de mandato.
Otro foco de fricción es con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Aunque la Junta de Paz no es una alianza militar, el enfoque estratégico de Trump en resolver conflictos -como el de Ucrania o Gaza o Venezuela- ha incluido propuestas polémicas que afectan el rol de la OTAN: presionar para que Ucrania limite su ejército, renuncie a aspiraciones de ingreso a la alianza o recapacite sobre la expansión occidental. Tales propuestas han generado inquietud entre gobiernos europeos que ven la OTAN como un pilar indispensable de seguridad colectiva.
El rechazo de figuras como el Papa León XIV -el primer pontífice estadounidense- y el Vaticano es particularmente simbólico. El Vaticano anunció su decisión de no participar en la Junta de Paz, subrayando que la gestión de crisis a nivel internacional debería estar bajo el paraguas de la ONU y que la naturaleza del organismo propuesto “no es la misma” que la de otros Estados o instituciones multilaterales.
Así y más allá de las consideraciones institucionales, esta resistencia revela una preocupación más profunda, pues la creación de estructuras paralelas podría erosionar la legitimidad de acuerdos y compromisos globales construidos durante décadas. Mientras Trump busca nuevas fórmulas para “poner fin a guerras y crisis”, la comunidad internacional debate si esta iniciativa representa una innovación audaz o una amenaza a los principios básicos del multilateralismo y la cooperación global.
ADRIANASARUR@HOTMAIL.COM
