Esperando noviembre
En todas partes y en todos los lugares hay un día que parece eterno: el día en que se cumple una espera, se rompe la inercia del poder y aparece, en medio de un mundo desesperado, la pregunta esencial por lo humano. No se trata de una presencia pasiva, sino de un ejercicio, un desafío y una manifestación del espíritu humano. Eso es, para mí, lo que todavía puede sostener a la humanidad.
Mi esperanza está puesta en la restauración de un orden humano. Hubo quienes creyeron que los excesos del sistema democrático podían corregirse con más radicalización, con más consignas y con menos pensamiento crítico. Pero cuando la democracia pierde su capacidad de corregirse a sí misma, deja de ser un espacio de libertad y se convierte en una maquinaria de reproducción del poder.
Lo hemos visto en distintas latitudes. En Colombia, en Argentina y en tantos otros países, el malestar social se ha instalado en los barrios, en las calles y en la conversación pública. La política dejó de hablarle al ciudadano común y empezó a hablarse a sí misma. Entonces aparecieron los liderazgos que entendieron esa fractura y que, para bien o para mal, supieron convertir el resentimiento, el miedo y el hartazgo en fuerza electoral.
La paradoja de nuestro tiempo es que buena parte de los partidos de derecha, incluso dentro del arco democrático, han terminado apostando por prometer el fin de la democracia en nombre de los excesos que se cometieron dentro de ella. Se presentan como respuesta frente al abuso, pero muchas veces terminan reproduciendo aquello que dicen combatir. Los tronos originales ya no se distinguen de sus copias. El poder se disfraza de ciudadanía y los ciudadanos son tratados como bienes políticos, no como personas libres.
Nadie puede sorprenderse de que, cuando se agotan las respuestas institucionales, cuando se pierde la batalla contra el narcotráfico, cuando se rompe la confianza en la ley y cuando se........
