El fascismo nuestro de cada día
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Ayer me enteré de que, al salir del puesto de votación en el Consulado de Colombia en Londres, una mujer fue agredida por un grupo favorable al candidato que posa de cristiano, patriota y tigre. Con odio le gritaron “¡Guerrillera!”. Quienes la denigraron de esa manera no la conocen. Yo sí. Se trata de una sexagenaria, madre de familia. Camina con dificultad porque la vida pesa, pero siempre con la frente en alto.
Salió de Colombia durante la apoteosis de esa guerra sucia que los votantes del personaje antes referido consideran una causa buena y justa. Salió, como tantos de nosotros, más por la fuerza de las circunstancias que por libre decisión propia, aunque ella no lo ve así porque no gusta del lenguaje que revictimiza y porque piensa que otros han sufrido más que ella. Es una mujer admirable, como tantas mujeres colombianas.
Sobrevivió al abuso y la violencia doméstica, resistió a la atmósfera tóxica, al machismo de nuestras familias y el racismo que se normaliza y esconde entre las personas “de bien”. Ese que no estamos dispuestos a reconocer en Colombia. Lejos de ceder ante el resentimiento, ella y su pareja, un hombre generoso y respetuoso, han sacado adelante una maravillosa familia. Quizás sea su experiencia de abuso y violencia contra las mujeres la que motiva su desconfianza por personajes como el referido más arriba, cuya falta de respeto por ellas y por quienes no consideramos la violencia una causa buena y justa hemos visto repetirse una y otra vez ante los micrófonos y las cámaras. ¿Creen que eso los hace ver más fuertes, o dan por supuesto que la supervivencia del más fuerte es una ley aplicable también a la naturaleza humana? ¿Es por eso por lo que se autodenomina........
