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El otoño del patriarca, Álvaro Uribe Vélez

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25.07.2026

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«Si el Tigre va a rugir contra nosotros, nos toca proceder como las abejas», advirtió Álvaro Uribe.

La frase resume su concepción territorial de la política. Uribe tolera colaboradores, subalternos, herederos provisionales y candidatos ungidos, pero jamás los reconoce como iguales. Quien recibe su respaldo contrae una deuda de obediencia; quien se aparta de sus instrucciones no ejerce su autonomía: lo traiciona. Dentro del uribismo, la lealtad nunca ha sido una relación entre personas libres, sino el vínculo que une a la peonada con el patrón.

La disputa más reciente empezó con un desacuerdo parlamentario en torno a la presidencia del Congreso, pero es solo el síntoma visible de una enfermedad crónica. Lo que en realidad irrita a Uribe es que De la Espriella pretenda fundar su propio partido y construir una fuerza política que ya no necesite la bendición del viejo jefe.

La reacción de Uribe revela una personalidad que los años no han mejorado: soberbia, pendenciera y territorial. Habla como el capataz que descubre a otro impartiendo órdenes en su finca. El nuevo jefe puede gobernar, siempre que recuerde quién le abrió el portillo, quién arreó a los electores y quién conserva el derecho a pronunciar la última palabra.

Su método es conocido. Cuando no puede responder a un argumento, opta por intimidar a su interlocutor. Tras una columna satírica de Daniel Samper Ospina, lo llamó públicamente «violador de niños», sin aportar prueba alguna. Lanzó el insulto y siguió campante. Cuando el Tribunal Superior de Bogotá le ordenó retractarse, recurrió a una patraña muy de su estilo: sostuvo que, en realidad, había querido decir «violador de los derechos de los niños». Declaró entonces que Samper «no es violador de niños», aunque se cuidó de aclarar que lo hacía porque el criterio del tribunal prevalecía sobre el suyo. Retiró la acusación, pero procuró mantener el agravio.

Esa incapacidad para admitir que otros puedan tener la razón revela una forma particular de pequeñez: la del hombre que necesita rebajar a sus contradictores para proteger la imagen desmesurada que tiene de sí mismo. Pero su soberbia es, ante todo, moral. Uribe se reserva la honradez, el sacrificio y el amor por la patria, mientras reparte entre los demás la ambición, el engaño y la perfidia.

Él nunca parece actuar por vanidad, cálculo o conveniencia. Sus........

© El Espectador