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Pasa el tiempo

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15.05.2026

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Durante años en el sector educativo siempre se dijo, en serio y en broma, que junto con el de director técnico de la selección Colombia de fútbol, uno de los cargos más ingratos era el de profesor. La sociedad, hay que decirlo, no nos reconocía lo suficiente. Era frecuente en las salas de maestros que campeara el humor negro. “Vamos a la lucha de clases”, decía alguno apenas sonaba el espantoso timbre que anunciaba el fin del recreo. "No, a la dictadura de clases", corregía otro con sorna. Y no faltaba quien entre irónico y sincero, declaraba, “estoy que me dicto”. Y uno más alcanzaba a decir, ya en el pasillo, "vamos mis cirujanos que primero los dormimos y luego los rajamos".

Eran los años ochenta y apenas se hablaba de las emociones de los estudiantes, de currículos inclusivos, de pedagogía conceptual, de la importancia de la participación, de heteroevaluación, de preguntas problema y mucho menos de respeto a los ritmos del aprendizaje o a las motivaciones submarinas de los alumnos para aprender o de la activación de los conocimientos previos de los jóvenes. Muy poco de todo eso. Salíamos en estampida, ataviados de rollos de cartulinas con presentaciones, libros, hojas pre impresas para evaluaciones, cajas de tiza, álbum de fotos, y los de ciencias exactas con compases de madera y escuadras y reglas gigantes también de madera.

Horas después, nos volvíamos a cruzar en la sala de maestros, a veces sólo por........

© El Espectador