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Diego

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12.06.2026

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Uno no puede sacar conclusiones generales de episodios particulares, a pesar de que tengamos esa natural tendencia. Menos, si es maestro. Y no puede porque al hacerlo simplificaría todo cuanto ocurre y se perderían los matices, los contextos y lo que no es tan fácil de ver, pero que existe en los entretelones de la escena. De cualquiera.

En la escuela, aunque ahora menos, hubo una época donde los adverbios de tiempo siempre o nunca aparecían con frecuencia en el vocabulario docente y volvían el mundo, como por arte de magia, blanco o negro. Para lo positivo o para lo negativo. Y el estudiante siempre llegaba tarde o nunca hacía la tarea, o siempre le iba bien o nunca le gustaba trabajar en grupo.

Pues bien, por los años ochenta del siglo pasado, cuando era profesor de literatura colombiana en segundo de bachillerato en la entrañable Quinta de Mutis en Bogotá, Diego López, un chico inmenso, ensimismado y dulce a la vez, me daría una lección a la que le rindo, tanto años después, mi sentido homenaje.

El programa del curso, como lo son ahora, era poco menos que........

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