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O juremos con gloria morir

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20.07.2026

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Mi hija menor, con apenas quince años, ha pasado dos semanas en Nueva York, haciendo unas prácticas en el periódico más importante de esa ciudad. Yo comencé mi carrera como periodista también a los quince años, en un diario conservador de Lima, del que fui reportero y columnista, y al que contribuí a hundir en la bancarrota, tres años después de que me contratase. ¿Será periodista mi hija menor? ¿Desea seguir los pasos erráticos de su padre? ¿Aspira a los rigores de la vida pública que se me impusieron azarosamente cuando empecé mi andadura como periodista de televisión a los dieciocho años, tras quebrar el diario? No lo sé. Pero siento un discreto orgullo de que, a diferencia de sus dos hermanas mayores, que han hecho su mejor esfuerzo para distanciarse de mí, para no parecerse a mí, ella, mi hija menor, lectora infatigable, vea con curiosidad la vida afiebrada de un periódico, y de ese periódico en particular, el New York Times, que leo todas las tardes a la antigua, en papel impreso, manchándome los dedos.

A pesar de que una de sus hermanas vive en Brooklyn, mi hija menor ha estado tan atareada, tan llena de compromisos, paseos y aventuras, que ha preferido no verla. Son hermanas, pero no tanto. Son hermanas porque soy el padre de ambas, pero tienen distintas madres, unas madres que nunca fueron amigas y alguna vez fueron enemigas. Mi hija menor dormía en el campus de una universidad de Nueva York, acompañada por una amiga que también fue admitida como practicante del periódico. Me escribía un correo electrónico por la mañana, desayunando, y otro por la noche, antes de dormir. No me llamaba por teléfono porque sabe que no hablo por teléfono y solo uso el correo para emitir señales vacilantes de que todavía estoy vivo. En esos correos me llamaba Barclays, mi alter ego literario, y firmaba, risueña, “tu hija favorita”.

Yo no pude vivir con mis dos hijas mayores cuando eran niñas. Su madre y yo nos divorciamos y las tres se marcharon lejos de mí. Las veía, sin embargo, todos los meses.........

© El Espectador