Vuelve la inflación en el impasse de la guerra en Irán
El ruido de la guerra en Irán es tan ensordecedor que casi todas las noticias económicas pasan desapercibidas. Por ejemplo, hace un par de días, el INE publicaba el avance de la contabilidad nacional de España, en la que se informaba de un crecimiento real del PIB del 2,8% en el pasado 2025. Es un buen dato, pero es pasado, porque todos asumimos que la crisis energética no sólo va a hacer que aumenten los precios, sino que se reduzca el crecimiento. Además, en 2025 España creció siete décimas menos que en 2024, y estas siete décimas son también la aportación negativa de la demanda externa. Esto quiere decir que importamos más, y más caro, y exportamos menos. La política arancelaria de Trump ya nos ha hecho daño, y a esto se añadirá la subida de precio del gas y el petróleo que consumimos, y que importamos en su totalidad.
Ayer, también el INE informaba de que el IPC general había subido un punto en un mes, situándose en el 3,5%. Además, la inflación subyacente, que excluye alimentos frescos y energía seguía con un incremento del 2,7%. Esto quiere decir que, como no ha dado tiempo a que el aumento de precios de la energía se traslade al resto de productos, el riesgo de que el IPC se dispare es importante, especialmente si el conflicto se enquista.
Ante esto, ¿serán suficientes las rebajas de impuestos que el jueves convalidó el Congreso? ¿Podremos mantenerlas durante mucho tiempo? La respuesta a ambas preguntas, que son importantes, es la misma, probablemente no. Lo primero que hay que tener en cuenta es que un encarecimiento del gas y del crudo supone pagar más cara casi toda la energía. Y esto por definición, empobrece a la economía española, y a casi todos sus agentes. Ante esto, el Estado puede asumir una parte del shock, que habrá que pagar en el futuro, pero no tenemos capacidad fiscal para que los ciudadanos y las empresas no se vean afectados, y tampoco sería recomendable hacerlo. Por eso, la mayoría de los economistas y los organismos internacionales apuestan por medidas selectivas, que son más baratas, y no retrasan la (dolorosa) adaptación a un escenario más adverso.
Hay dos razones por las que sube el precio del gas y del petróleo. Por una parte, porque hay menos oferta de los países del Golfo porque muchos petroleros no pueden trasportar el petróleo y el gas a través del estrecho de Ormuz. Por otro, la producción en estos países tanto de gas como petróleo es más barata, y el crudo, el Arabian Light es de buena calidad. Se puede sustituir, pero lleva tiempo y es más caro. Por esas razones, ya hay países asiáticos, como Filipinas, con problemas de suministros, pero a esto probablemente no nos enfrentemos en Europa. Eso sí, para volver a poner en funcionamiento algunas instalaciones se necesita tiempo e inversiones, que no se harán si no hay una previsión de precios elevados durante tiempo.
Ahora mismo, la guerra está en un impasse. El régimen iraní, aunque ha perdido a parte de su cúpula dirigente, sigue controlando el país, y, sobre todo, sigue siendo capaz de controlar el estrecho de Ormuz. Probablemente, Irán haya perdido capacidad para lanzar misiles y drones en masa. Pero, los países vecinos también están agotando su disponibilidad de anti-misiles y de interceptación. Estados Unidos parece abogar por una negociación, pero Israel, no. Y, entretanto, Trump va aplazando los ultimátum de bombardear las instalaciones energéticas de Irán. Esto es un crimen de guerra, pero, la escalada llevaría al bombardeo iraní de las desaladoras de los países del Golfo y de sus instalaciones gasísticas y petroleras. Un mínimo éxito de esta escalada tendría efectos devastadores en los países del Golfo, y reduciría el suministro energético global durante años. Y mientras los plazos van pasando, Estados Unidos está llevando miles de tropas, tanto aerotransportadas como de infantería de marina, a la zona del Golfo Pérsico. Quizás estas tropas puedan restablecer la seguridad en el tráfico del Estrecho de Ormuz, pero no sin bajas, y no pondrán fin a la guerra. Por eso, como todos los ataques norteamericanos en este conflicto, parece que se harán en fin de semana para diluir el impacto en los mercados.
Parece que nos encaminamos a un escenario de conflicto duradero, o que, por lo menos no parece que se vaya a resolver en pocas semanas. En estas circunstancias, una rebaja de impuestos generalizada no se puede mantener. Aquí faltan cifras, pero el gobierno estimaba "movilizar" 7.000 millones de euros en el Real Decreto 7/2008, convalidado el jueves, aunque las rebajas sólo se mantendrían hasta mayo. Para la expresidenta de la AIReF, Cristina Herrero, sólo con estas ayudas y rebajas de impuestos, España iba a incumplir las reglas fiscales europeas. El gobierno español está abogando porque estas reglas fiscales se dejen sin efecto por la guerra, pero no está nada claro que la Comisión y otros estados de la UE lo vayan a aceptar.
A corto plazo, la inflación seguirá aumentando mientras el conflicto no resuelva, o por lo menos, baje de intensidad. Ante esto, sólo hay dos políticas posibles, que, por supuesto, son dolorosas. Por una parte, aumentar los tipos de interés, para deprimir la demanda tanto de inversión como de consumo. Aquí los mercados se están anticipando como sabe cualquiera que haya mirado, por curiosidad o por temor, la evolución del principal indicador hipotecario, el euríbor. Con todo, de momento, tanto los mercados como las instituciones, BCE, OCDE… no están sobre reaccionando y prevén una crisis corta. La otra política posible es la de rentas, no incorporar a la subida de los salarios el aumento de precios importados para evitar una espiral salarios-precios. Esto, por supuesto, acentúa el empobrecimiento que han sufrido los trabajadores, y de los que se ha dejado exentos a los pensionistas, en los últimos años.
Este efecto de empobrecimiento se ha acentuado con la subida de impuestos que ha supuesto la progresividad en frío del IRPF. No se han adaptado los parámetros del IRPF a la inflación, esto quiere decir que los aumentos puramente nominales de salarios, pensiones u otras rentas, y que no han supuesto ganancia real de poder adquisitivo, es decir de renta, han provocado el aumento del tipo efectivo del IRPF, de la parte de la renta destinada a pagar impuestos. Esta decisión continuada durante los últimos años, algunos con elevada inflación, ha sido la principal subida de impuestos que hemos soportado los españoles. Esto no es justo, ni ha pasado por el Congreso, que es donde se tienen que aprobar las subidas de impuestos. Sin embargo, en medio de una crisis inflacionaria no es el momento más adecuado para corregirlo, tanto porque aumenta el déficit, como porque dar más dinero a los ciudadanos aumenta la demanda, y con ella, la inflación.
Ha vuelto el empobrecimiento de la inflación. Que se quede, o no, dependerá de lo que ocurra en una guerra lejana, que ahora está en un impasse.
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