8M: La genealogía de una lucha que no se detiene
El 8 de marzo en Juárez y en cualquier lugar en general, no es un intervalo en el calendario ni una conmemoración superficial, es el aviso de una ola histórica que ha cambiado la configuración del planeta de las niñas y de las mujeres. Para apreciar la relevancia de esta fecha, es crucial observar el pasado, específicamente a las trabajadoras textiles de Nueva York que en el siglo XIX ya señalaban la grave precariedad, y rememorar el sacrificio de las 146 víctimas en su mayoría mujeres jóvenes inmigrantes que fallecieron en el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist en 1911. Este acontecimiento, lejos de ser un hecho aislado, se transformó en el impulso de una metamorfosis legislativa y sindical sin igual.
Hoy, esa lucha histórica se renueva ante desafíos que requieren una perspectiva crítica y un lenguaje que nos identifique a todas, todos y todes. El hoy nos cuestiona mediante la necesidad de democratizar el cuidado específicamente hacia las mujeres como algo innato, desafiando la noción de que las labores del hogar son una carga innata de las mujeres, cuando en realidad constituyen el motor oculto de la economía que debe ser compartido y reconocido. La disparidad salarial, el glass ceiling y la eliminación de las violencias de género en sus diversas manifestaciones desde el acoso en la calle hasta la violencia en línea continúan siendo responsabilidades incumplidas en la agenda. Solo mediante un enfoque interseccional, que acepte las diversas realidades de las mujeres de las comunidades de pueblos originarios, indígenas, afrodescendientes, rurales y de la comunidad LGBTIQA+, podremos alcanzar una auténtica justicia social.
En este marco, el lenguaje inclusivo no es un complemento, sino un medio de resistencia: lo que no se menciona se vuelve invisible, y lo que se vuelve invisible se priva de derechos. La celebración de este año nos llama a permanecer alertas y con la mente despejada. Como apunta la autora y figura feminista Nuria Varela: “El feminismo es la luz que revela las sombras de la desigualdad”. No es solo un movimiento, sino la travesía de libertad más extensa de la historia, una que nos permite dudar de lo que nos enseñaron que era “normal” para, al final, crear lo que es justo. Que, en este 8 de marzo, la luz de la que menciona Varela continúe brillando en cada lugar donde aún sea necesaria la igualdad.
Permitirnos retarnos y comprender que no debemos aceptar las violencias como algo habitual. Nosotras también merecemos empleos justos y bien remunerados; merecemos alcanzar nuestras metas y hacerlo con las oportunidades y recursos adecuados.
Igualmente, necesitamos lugares en nuestra ciudad que nos permitan continuar creciendo tanto en lo profesional como en lo personal, al igual que ambientes seguros y dignos para atender a nuestros hijos e hijas. Lugares donde hay una genuina comprensión de que el cuidado y la crianza son labores compartidas con la pareja o con él.
A pesar de que elijamos no estar en una relación, la educación positiva de nuestros hijos e hijas debe fundamentarse en la corresponsabilidad, el respeto y el compromiso. Construir una sociedad más equitativa también significa aceptar que las mujeres tenemos el derecho de desarrollarnos plenamente, sin violencia y con igualdad de oportunidades,
