En el norte la verdad no pide permiso
Llegué a Ciudad Juárez hace siete meses con la soberbia suave del capitalino que cree saber vivir en todo México. Uno piensa que la capital lo vacuna a uno contra cualquier sorpresa nacional: tráfico, burocracia, meseros con vocación de novela, señoras que piden disculpas cuando te empujan y políticos que prometen lo imposible con voz de indignación ensayada. Pero el norte, en especial Juárez, tiene una forma elegante de desarmarte: te habla como si no tuviera tiempo para decorarte la realidad.
En la Ciudad de México, la cortesía es una disciplina olímpica. Nadie te dice “no quiero”. Te dicen “qué interesante”, “lo vemos”, “te aviso”, “hay que cuadrarlo”, “no está fácil”. Es decir: no. Pero un no con moño, con crema batida, con servilleta de lino. Aquí, en Juárez, en cambio, el no llega sin escolta. Si algo no se puede, no se puede. Si algo no les gusta, se nota. Si alguien les cae mal, no hacen diplomacia: hacen economía del lenguaje.
Y ahí está el golpe cultural. Uno llega esperando matices y se encuentra con un idioma emocional de alta eficiencia. En el centro del país aprendimos a vivir entre dobles sentidos, sugerencias y ese deporte tan nuestro que es “quedar........
