¿Dios ha muerto?
En este jueves “santo”, de lo que antiguamente se conocía como la Semana Mayor, observamos que para la mayoría de las personas ya no significa nada; solo parecen ser unos días extra de vacaciones en algunos trabajos y escuelas. La cuestión original, la religiosa, parece haber pasado a segundo término, y esto me recuerda a la famosa expresión de Nietzsche: “Dios ha muerto”, con la cual él mencionaba que la sociedad abandonaba la anticuada necesidad religiosa para dar paso a una visión más racional de lo que consideramos bueno o malo, superando así uno de los dogmas principales de la humanidad.
En Juárez no cabe duda de que hemos abandonado de manera generalizada la religión, y esto es palpable a todas luces; sin embargo, el haberla sustituido por un criterio de razón y lógica para el bien social es algo que dudo que haya pasado. Solamente estamos en una degeneración social sin freno alguno, que, para comprobar, solo basta recordar las atrocidades de tiempos pasados y presentes, como la época de la narcoviolencia, los descuartizados, las muertas de Juárez, el niño Eitan Daniel. Heridas que parecen olvidarse por ser tantas, pero ninguna de ellas realmente ha sanado.
Y es que, con todo esto, pareciera que fue un error haberle hecho caso a Nietzsche y que la religión es una cuestión necesaria a la cual hay que abandonarnos con toda urgencia. Pero también podemos observar que esto no es tan sencillo: al igual que en la sociedad vemos degeneración, también ocurre en algunos ministerios y sus representantes, heridas que afectan a los “cercanos” a Dios. Asimismo, existen fallas de la religión para entender las necesidades actuales de la sociedad contemporánea, lo que crea una brecha cada vez más grande entre lo que deberíamos ser y lo que somos, haciéndola algo casi imposible de seguir.
Aun con todo esto y la desilusión en todas direcciones, la sensación de que algo nos falta está presente, y es que la religión cumple un papel crucial en el correcto desarrollo de la vida y resulta necesaria para cualquiera. Y aunque quizá más de uno me juzgue de loco, seguimos siendo igual de religiosos que siempre, solo que dejamos de creer en instituciones formales y nos hemos abandonado a cuestiones más abstractas, como creer en el cosmos, la manifestación, energías, karma, etc.; y de esta manera, la religión sigue viva, entendiéndola como un sistema de creencias, prácticas y comportamientos recomendados.
No podemos dejar de creer en algo, o al menos no la mayoría. La religión, entre otras cosas, nos da un sentido de pertenencia, objetivos y, en todos los casos, cumple el papel de ser una brújula moral que rige el comportamiento interno y externo; nos permite tener una vida más llevadera y, aunque no todo religioso se convierte en un santo, por lo general es un ser humano más centrado y digerible para el resto de la sociedad. Es un ciudadano modelo, ya que los límites que disrumpen a una sociedad tienen control desde muchos pasos antes, empezando por la regulación del pensamiento.
Quiero ser claro: no desdeño la razón ni creo que haya que cambiarla por una fe sin miramientos; al contrario, creo que una religiosidad adecuada solo puede ser llevada a cabo a través de un correcto razonamiento, ver por motu proprio que seguir los lineamientos religiosos no solo conviene a nuestros semejantes, sino que también nos ayuda a vivir más libremente. Retos que caracterizan a la religión, como el perdón, la paciencia y la caridad, parecen atributos de una persona débil, falta de carácter; pero, si aplicamos la razón, podremos encontrar la verdadera fortaleza: la libertad del espíritu a través de dichas virtudes.
¿Dios ha muerto? La verdad es que no ha muerto ni morirá; es una necesidad inherente a nuestra persona. Solo se ha transformado de lo tradicional a cuestiones más abstractas, y aunque esto es lo novedoso, no creo que sea lo más adecuado, porque una religiosidad sin razón es peligrosa. Creo que, si hemos de depositar nuestra fe en algo, más vale que sea algo razonado e institucionalizado, que lógicamente compruebe que nos ayuda a mejorar.
Querido juarense: sean peras o manzanas, estas semanas se nos dan como un tiempo que invita a la reflexión. Creo que, independientemente de la religión que profesemos, siempre hemos de buscar un mejoramiento personal, hacer nuestra vida más llevadera y también la de quienes nos rodean.
