Conmemorar la Constitución es defenderla
Vivimos un tiempo de profunda inestabilidad a escala global. En distintas regiones del mundo observamos con preocupación el avance de los estados de excepción, el debilitamiento de las instituciones democráticas y los atropellos sistemáticos a los derechos humanos. Lo que durante décadas pareció un piso firme —el respeto a las libertades, la vigencia del Estado de derecho y la existencia de contrapesos al poder— hoy muestra signos evidentes de fragilidad.
Para quienes crecimos en la segunda mitad del siglo XX, y para las generaciones que han conocido el mundo únicamente desde el siglo XXI, estos retrocesos resultan particularmente inquietantes. No porque sean inéditos, sino porque desafían una experiencia histórica relativamente estable que muchos asumimos como permanente. La democracia constitucional, con todas sus imperfecciones, ha sido el marco de vida de millones de personas durante gran parte de su existencia.
Sin embargo, aquí reside una paradoja que conviene subrayar: esa estabilidad no es una constante histórica, sino un logro reciente. La convivencia pacífica, el reconocimiento de derechos y la limitación del poder político son conquistas alcanzadas tras décadas —y en muchos casos siglos— de luchas sociales, jurídicas y políticas. No son dádivas del poder ni........
