Frontera de juegos, Frontera de sueños
Nuestro Día del Niño no siempre tuvo celebraciones perfectas ni regalos envueltos con listones brillantes; no había peinado loco ni día en pijamas. Era siempre más sencillo: un charco convertido en alberca, una pila como la de la “Altavista”, la de la capilla del Niño Jesús, la de la “Chaveña”, la obligada visita dominical a las peligrosas “compuertas”. Cualquier rincón donde hubiera agua, donde cabía todo el mundo, la risa se volvía contagiosa, rebelde; mojarse era un acto de alegría contagiosa.
Crecimos con la certeza de que la felicidad siempre encontraba la manera de colarse.
En nuestro Juárez, la infancia tiene ahora un ritmo propio. Los niños aprenden pronto a ver lejos, entendiendo desde pequeños que el horizonte no termina en el Río Bravo ni en la silueta de un puente, sino en la posibilidad de cruzar, de cambiar, de resistir. Niños que juegan entre calles de tierra y banquetas calientes, también entre historias de lucha, de migración, de ausencias que pesan y de presencias que salvan.
Vemos en los cruceros a algunos con la mirada que no corresponde a su edad, vendiendo dulces, limpiando parabrisas, sosteniendo en sus manos pequeñas........
