Cuaresma. Tiempo de conversión
Al Pbro. Hesiquio Trevizo B.
Es para mí motivo de alegría comenzar esta contribución de artículos quincenales para la sección de Opinión de El Diario de Juárez; quisiera hacerlo recordando y pidiendo prestados con humildad unos versos del gran poeta Neruda: «Vengo llegando de mi casa, de Isla Negra, y te pido permiso para entrar en tu casa, para leerte mis versos, para que conversemos…». Igualmente pido permiso, amables lectores, para entrar, por medio de la palabra escrita, en sus casas, para que conversemos, pese a que no soy Neruda, sino Felipe Ramos. No vengo de una casa en Isla Negra, sino de mi pequeña casa cural perteneciente a la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, y de donde sí vengo es desde el corazón del Juárez de antaño, del Juárez viejo: la colonia Bellavista. De vocación soy sacerdote católico y quizá, solo quizá, además de músico y loco, tenga algo de poeta.
Agradezco ex toto corde a mi Señor Obispo, Mons. Guadalupe Torres, el haberme otorgado su venia para escribir. También agradezco al Sr. Osvaldo Rodríguez Borunda y al Sr. Manuel Aguirre la muy valiosa oportunidad que me brindan de expresarme a través de este medio de comunicación, que ha asumido el deber de informar y hacer reflexionar a nuestra sociedad juarense desde hace cincuenta años. Comienzo, pues, mi contribución en el marco del Jubileo de Oro de este medio, y por ello estoy experimentando doblemente el peso de la responsabilidad de quien se atreve a comunicar la palabra escrita. Asimismo, quisiera externar mi agradecimiento a todos los queridos amigos de los miércoles, quienes me animaron a escribir.
Finalmente, quiero recordar con veneración y cariño al Pbro. Hesiquio Trevizo, quien por veinticinco años escribió semanalmente artículos para este medio, motivado por su deseo de compartir el mensaje del Evangelio de Cristo, «tan antiguo y tan nuevo». El mismo deseo es el que me motiva ahora para compartir quincenalmente estas reflexiones. No me atrevo a decir que vengo como sucesor del querido padre, pero sí a retomar la oportunidad y el reto de escribir a pesar de mis deficiencias, y por eso lo hago con temor y temblor, pidiendo amablemente la paciencia de ustedes, estimados lectores. En verdad, mi intención no es otra que entrar en su casa el domingo para compartir juntos el Evangelio, la Palabra de Dios que, pese a su antigüedad, presenta siempre un mensaje joven y nuevo que, creo firmemente, tiene mucho que decirnos a todos.
Desde el pasado miércoles 18 de febrero, con el signo de la ceniza, hemos comenzado, como creyentes cristianos, este caminar de cuarenta días (la Cuaresma) que desemboca en la celebración solemne de la Pascua anual. Desde niño, en lo personal, el rito tan sencillo de la imposición de la ceniza sobre la cabeza me ha impactado mucho, y es que, pese a su simplicidad, se trata de un signo imponente, cuyo sentido expresan las palabras litúrgicas que acompañan su imposición: «Recuerda que eres polvo y al polvo has de volver». Evidentemente, se trata de una expresión tomada del libro del Génesis, en concreto del pasaje de la expulsión del primer hombre del paraíso. Dios mismo, al pronunciar estas palabras, está señalando la condición de criatura frágil que tiene el ser humano a partir del hecho ineludible de la muerte (cfr. Gen 3, 19).
En el Antiguo Testamento podemos encontrar varios pasajes que presentan el gesto de la colocación de cenizas sobre el cuerpo como signo de arrepentimiento, duelo, expresión de fragilidad y súplica del perdón a Dios (cfr. Job 42, 6; Dn 9, 3; Est 4, 1; Jon 3, 6; 2 Sm 13, 19). Los cristianos, desde los primeros siglos, retomaron esta costumbre del uso de las cenizas como señal de penitencia. Muy pronto, el gesto de la ceniza comenzó a utilizarse el Miércoles de Ceniza para los «penitentes públicos», cristianos a los que se les imponía una penitencia que debían cumplir de manera pública antes de darles la absolución de los pecados. Desde el siglo XI, al menos, tenemos ya la costumbre de la colocación de cenizas sobre la cabeza de todos los miembros de la Iglesia, debido a la conciencia de que todos somos pecadores y, especialmente en este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a buscar la conversión del corazón, para, en la Pascua, renovar nuestras promesas bautismales y así tratar de vivir con mayor coherencia y honestidad nuestra vida cristiana.
La ceniza sobre nuestras cabezas nos adentra, pues, en este camino de conversión, pero ¿de qué y para qué?, podría preguntarse. La ceniza nos lo sugiere; como todo signo, expresa per se algo que, en este caso, es tremendo y profundo en sentido existencial y religioso: somos polvo. Con ello se da una respuesta contundente a la pregunta antigua que atraviesa el pensamiento no solo religioso, sino también filosófico: ¿Quién es el hombre? Esta pregunta frecuentemente la encontramos en los salmos de tinte sapiencial, y el signo de la ceniza, con su respuesta, más que una invitación al desánimo o a la autohumillación, es una invitación a confrontarnos con la realidad, la verdad profunda sobre nuestro ser, y por ello es una invitación para asumirnos desde la humildad: somos polvo y, por lo tanto, no somos dioses. Pese a todas nuestras capacidades, habilidades adquiridas, pese a todo el avance tecnológico y el desarrollo científico, somos polvo. No somos eternos ni todopoderosos; tampoco somos quienes debieran establecer moralmente lo bueno y lo malo; menos somos los amos de los más débiles y pobres; ni siquiera somos dueños plenamente de nosotros mismos.
Nuestra condición es siempre la de la indigencia y, por ello, de permanente necesidad de Dios. Claude Jean-Nesmy, en una obrita muy poco conocida suya sobre la teología del año litúrgico, al tratar el tiempo de Cuaresma, señala respecto a la actitud religiosa del hombre: «No hay, en efecto, más que una sola actitud, aunque tenga diferentes nombres. O, si se prefiere: nuestras relaciones con Dios son infinitamente sencillas; se reducen a una simple confrontación de lo que somos nosotros y de lo que es Dios. Pero, de una experiencia religiosa tan rica, no hay palabra que sea capaz de captar todos los aspectos. Así pues, se trata sin duda de una misma actitud cuando hablamos de adoración o de humildad, de verdad, de acción de gracias, de confianza, y solo será auténtica en la medida en que merezca todos esos nombres a la vez. El descubrimiento de nuestra humildad —digamos, de nuestra fragilidad, de nuestra pobreza, de nuestra vulnerabilidad y de nuestra impotencia— no puede hacerse sino bajo el signo de la verdad…». Así pues, la ceniza expresa un volvernos de nuestros orgullos, prepotencias y soberbias a Dios, para así reordenar la vida.
Pero la ceniza solamente es el umbral; ante nosotros se despliega un itinerario de viaje cuaresmal, marcado por los Evangelios que meditaremos durante las próximas semanas, comenzando por el de este domingo, el cual nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año leemos la versión del Evangelio de Mateo (cfr. Mt 4, 1-11), que, al igual que Lucas, nos ofrece un relato detallado de las tentaciones (tres) que Jesús sufre durante su ayuno de cuarenta días en el desierto. La intención de la Iglesia al presentarnos este pasaje es clara: nos recuerda que el camino cuaresmal, que representa el peregrinaje de la existencia humana hacia la Pascua, es un camino donde encontramos tentaciones y pruebas. Jesús, el Hijo de Dios, ha querido recorrer el mismo camino que nosotros andamos, para otorgarnos la capacidad de resistir la tentación y salir airosos en este combate espiritual y, además, darnos ejemplo de cómo se vence la tentación (San Agustín).
En su obra «Jesús de Nazaret», el papa Benedicto XVI nos regala un precioso comentario a este pasaje del Evangelio. Señala que las tres tentaciones del desierto tienen como objetivo vulnerar la relación de Jesús con su Padre; el demonio, al indicarle a Jesús que convierta las piedras en pan, obtenga las riquezas del mundo o realice un teatral despliegue de su poder divino, intenta sugerirle que él puede realizar su misión de Mesías por un camino distinto al trazado por el Padre, que no es otro que el de la cruz y el sufrimiento. Es decir, se le propone a Jesús que él puede seguir, de manera autosuficiente, su propio camino, que se presenta como más «lógico» y «razonable» que el de Dios. Sin embargo, la triple contestación de Jesús a las sugerencias del diablo —no solo de pan vive el hombre, solo a Dios se adora y no tentarás al Señor tu Dios— nos muestra que Jesús vino a obedecer (escuchar) a Dios. Obediencia a Dios: de eso se trata, llanamente, la misión de Jesús. La Cuaresma nos invita a nosotros a hacer lo mismo: escuchar a Dios; la conversión a la que nos llama la ceniza, este salir de las mentiras que nosotros mismos fabricamos respecto a nuestro ser, no tiene sentido sin este «para qué» implicado en la escucha de la Palabra de Dios.
En su mensaje de Cuaresma, el actual papa León XIV nos insiste en que la conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad, lo que resulta en una genuina y auténtica transformación de nuestra vida en todos sus aspectos, pero especialmente respecto a nuestras relaciones con el otro, sobre todo con el pobre y necesitado. Y es que, al escuchar a Dios —para lo cual requerimos salir de la mónada de nuestro egoísmo—, nos capacitamos para escuchar el clamor de justicia de los hermanos que exigen de nosotros una respuesta desde el amor. Dicho de una manera más sencilla, escuchar a Dios significa cumplir sus mandamientos en nuestra vida, los cuales no solamente nos permiten vivir una vida ordenada, sino que también nos reorientan en el amor debido al prójimo, lo cual nos garantiza una vida plena; por eso los salmos insisten en que la Ley del Señor es perfecta, reconforta el alma y es mejor que la miel. ¿Cómo estaría nuestro mundo si todos cumpliéramos los mandamientos? Pdta.: Yo también soy de muy lento aprendizaje.
