“Yo soy la resurrección y la vida…” (Jn 11, 25)
Hace ya algunos años, mientras estudiaba en el seminario, uno de mis compañeros me invitó, en un momento de descanso, a ver una serie televisiva de reciente emisión: “Breaking Bad”. Desde el primer instante atrapó mi atención, no solamente por las escenas bien logradas y la buena música, y sobre todo por los excelentes diálogos de los personajes, sino también por la puesta en escena de la degradación moral del personaje principal de la serie: un profesor de química, genio, ganador de un premio Nobel, esposo y padre de familia. Al haber sido diagnosticado con un cáncer de pulmón en fase terminal, decide utilizar sus conocimientos químicos para elaborar metanfetaminas e incursionar poco a poco en el mundo del crimen organizado.
La serie nos va mostrando cómo un individuo ordinario, normal según los estándares sociales —padre de familia, esposo, trabajador y respetuoso de las leyes— es capaz de cruzar la línea moral y asumir un estilo de vida que le lleva a cometer crímenes atroces, como el asesinato de un secuestrado, la explosión de una bomba en un asilo de ancianos y la ejecución masiva de varios reos dentro de una prisión. Independientemente del elemento fantasioso de la serie, esta, me parece, señala una verdad incómoda e inquietante: cualquier persona, sin importar su condición, educación, ideales, etc., es capaz de caer en la degradación moral y cometer actos terribles en contra de los otros, al principio por un móvil o una justificación aparente, quizá hasta en principio buena (el viejo dilema de Robin Hood, que roba a los ricos para ayudar a los pobres), pero que desemboca —no ha de extrañarnos esto— en algo banal. En efecto, el profesor de química de la serie incursiona en el mundo del narcotráfico para obtener dinero y dejarle la vida resuelta a su familia y termina afirmando que, en realidad, lo hizo por gusto, porque lo hacía “sentirse vivo”, es decir, en una vorágine constante de emoción y excitación.
La idea de que una persona aparentemente normal, respetable y educada pueda caer al nivel más bajo de degradación moral y cometer los peores actos no es novedosa. Varios filósofos y autores lo señalan; entre ellos podemos mencionar a Dostoyevski, quien ya lo muestra en sus agudos análisis psicológicos. La filósofa Hannah Arendt, en su famosísima obra “Eichmann en Jerusalén”, acuña el concepto de “banalidad del mal”: la idea de que una persona normal puede llegar a cometer los peores crímenes al dejarse envolver por un sistema (político, social, religioso, etc.) corrupto y sucumbir, desde una obediencia irreflexiva, al mal.
En los días recientes se descubrió el cadáver del pequeño Eithan en una bolsa de mimbre, asesinado brutalmente y con huellas de abuso físico. Los responsables: su madre y varios miembros de la familia que encubrieron los hechos. Desde que se evidenció a los culpables, sobre todo a la madre, han corrido innumerables comentarios de condena, desprecio y crítica hacia los mismos. El repudio social ha ido en aumento al irse conociendo más detalles y pormenores del asesinato; entre ellos, el móvil del mismo: la madre no quería a su propio hijo. Por otra parte, la mujer en cuestión no parece la encarnación suprema del mal y la depravación; al contrario, tiene la apariencia o el porte de una persona normal; sin embargo, asesinó a su propio hijo. A la pregunta “¿cómo es posible que una persona llegue a estos niveles de maldad y degradación moral?” no puede haber respuestas simplistas; podría responderse desde distintas dimensiones o niveles que explican la compleja realidad humana que compartimos todos y que también comparte con nosotros la mamá de Eithan. Desde la teología podemos responder que es el pecado. Contrario a lo que podría señalarse, no se trata de una respuesta reduccionista: el pecado es una cosa muy seria y, debo añadir, mal entendida.
El pecado, desde luego, tiene que ver con la realidad moral del ser humano; por definición, es un uso perverso de nuestra libertad. San Agustín señala que el pecado no tiene consistencia o ser: es simplemente ausencia de bien. Cuando se peca, se deja lo real por lo irreal; se abandona el bien y se va en pos de un “bien aparente”, lo que evidencia, en última instancia, un desorden en los afectos propios. En concreto, Agustín señala que el pecado no es otra cosa que dejar de amar a Dios y, en Él, a los demás, para volverse, desde el propio egoísmo, en un amor desordenado hacia sí mismo (cfr. S. Agustín, Ad Simplicianum, 1.2.18).
La Escritura, tanto en los libros del Pentateuco como en los textos proféticos, señala que el pecado no es otra cosa que la idolatría, la cual se entiende como la adoración hacia una realidad que no es Dios, generando desorden en el interior del ser humano, que se manifiesta en un sinsentido externo, en la pérdida de todo valor por lo bueno: el amor, la vida, el respeto hacia el otro, la búsqueda de la justicia, la paz, etc. (cfr. Ex 19, 6; 21, 12-15; Is 1, 17; Os 4, 2; Am 4, 1; Miq 2, 1). El pecado termina en la muerte (cfr. Rom 6, 23), la no vida, la antítesis del bien que sustenta y desarrolla el ser, la privación de Dios en la propia existencia. El pecado queda expresado en la antigua tentación de la serpiente hacia la humanidad: ser dioses al margen de Dios, al grado de decidir, desde los propios intereses mezquinos, lo que es bueno y lo que es malo, lo que se debe hacer y lo que no (cfr. Gen 3, 5).
La muerte que provoca el pecado no se trata de la muerte física o natural, sino de otro tipo de muerte: la muerte espiritual, el vacío de todo sentido, de todo bien, del amor que plenifica la existencia propia y promueve la existencia del otro. Los efectos del pecado son terribles: generan sufrimiento de todo tipo y, muchas veces, desembocan en el aniquilamiento del otro a través de las maneras más espantosas. Quien asesina con el objetivo de quitar una vida que considera un estorbo para la propia ya está muerto por dentro desde hace mucho. El asesinato de Eithan nos conmueve por eso: es la expresión de la ausencia de un amor debido, el maternal, que debiera darse no solo por una cuestión biológica, sino también espiritual, donde el amor se experimenta en la propia vida para luego darse al otro desde una decisión libre y consciente, que se manifiesta en expresiones concretas de cuidado, responsabilidad y búsqueda de la felicidad y plenitud del otro.
Vivimos en un país violento y en una ciudad violenta que no tiene memoria. Las noticias malas nos estremecen y terminan perdiendo su novedad. El asesinato de Eithan seguramente dará mucho de qué hablar las próximas semanas para luego archivarse y olvidarse. Han sido olvidados todos los asesinados en las múltiples masacres que han ocurrido en nuestra ciudad, así como han sido olvidadas todas las mujeres asesinadas en esta ciudad, tristemente célebre por ello. ¿Quién se acuerda de Maricela Escobedo y de su hija? ¿Quién recuerda Villas de Salvárcar? ¿Quién tiene presente a los migrantes que murieron quemados en las dependencias del INM y a todos los que han sido víctimas de explotación sexual y de todo tipo? Por otra parte, ¿y todos los demás casos de asesinato que no son noticia, pero que sí ocurren en nuestra ciudad? Eithan no es el primer niño asesinado, ni es el único ni será el último en una ciudad donde se vive en un contexto de pecado que se ha vuelto institucional y parte de nuestra estructura social. Vivimos en un osario, en una ciudad de muertos en vida y en donde ninguna de nuestras calles y aceras está impoluta de la sangre de nuestros hermanos. Mientras tanto, la vida y los recursos se nos van en la construcción de torres muy altas y en apoyos a dictaduras perversas que saben a azúcar, tabaco y ron.
La muerte del pecado es insuperable desde nuestras propias fuerzas; solamente el Dios de la vida puede sacarnos del abismo del sepulcro, del pecado. Esa es precisamente la idea principal del evangelio de este V domingo de Cuaresma. El texto del Evangelio de Juan que se nos propone meditar es, en verdad, rico en su contenido y significado: se trata del evangelio de la resurrección de Lázaro (cfr. Jn 11, 1-45). Desde el principio y en toda la narración, Jesús aparece como quien controla y domina todo: le avisan de la enfermedad de su amigo; deliberadamente señala que la enfermedad de Lázaro no terminará en la muerte, sino que servirá para glorificar a Dios y al Hijo (el tema de la gloria de Dios y la glorificación del Hijo de Dios, Jesús, es uno de los temas teológicos importantes en el evangelio de Juan; volveremos sobre este punto más adelante); deliberadamente se retrasa para llegar a casa de Lázaro, mostrando que ya sabía qué iba a hacer, y solamente hasta que su amigo muere decide ir con él para “despertarlo”.
Los diálogos de Jesús con las hermanas, sobre todo el que sostiene con Marta, son de suma importancia. En dicho diálogo, Jesús señala a Marta que su hermano resucitará, y ella le contesta que es consciente de que así será en la resurrección del último día; es decir, Marta expresa su fe y esperanza en la vida eterna y la participación del cuerpo en ella al final de los tiempos. Pero en ese preciso momento viene la revelación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. Esta respuesta significa que la vida eterna y la resurrección del cuerpo ya están presentes y son una realidad gracias a la palabra y obra de Jesús y, sobre todo, a que Él va a entregar su vida en la cruz y va a resucitar al tercer día. Todo el relato de la resurrección de Lázaro representa una señal, un signo de la propia muerte y resurrección de Cristo, del Misterio Pascual del Señor con el que nos dona la vida eterna y la resurrección ya aquí y ahora a todos los creyentes; por eso, en el relato aparecen algunos signos que remiten directamente a la pasión del Señor: Jesús se turba, llora, ora al Padre; las autoridades religiosas deciden la muerte del Señor y, finalmente, saca de la tumba a Lázaro, lo que anuncia la resurrección de Jesús. Para san Juan, la vida eterna y la resurrección no son cosas que se entregan solamente al final de la historia, sino que comienzan a experimentarse y a realizarse en la vida del creyente desde el presente, cuando por la fe se reconoce y acepta a Jesús como el Hijo de Dios hecho carne y se comienza a vivir según el mandamiento del amor.
Jesús manda llamar a María, la otra hermana, y, al encontrarse con ella, se conmueve y llora. Luego es conducido al sepulcro de Lázaro, que lleva ya cuatro días muerto. Al ordenar que quiten la piedra de la tumba, Marta le señala que el cuerpo ya hiede; la réplica de Jesús, de que quien tiene fe puede ver la gloria de Dios, nos vuelve a situar en este tema importante de la gloria tanto de Dios como del Hijo. En sentido bíblico, la gloria de Dios no es otra cosa que la manifestación de su poder divino que evidencia quién es Dios mismo. En el cuarto evangelio, esta gloria se muestra en las palabras y las obras de Jesús, principalmente en la hora de la cruz, donde Dios se muestra en todo su esplendor como un Dios de amor que da la vida para destruir el pecado y el poder de la muerte y así darnos vida. La gloria de Dios no es un despótico despliegue de poder, sino la revelación de su bondad y misericordia que otorgan vida eterna; por eso, el Hijo es glorificado por el Padre en su resurrección y nosotros, a su vez, unidos a Él, participamos ya desde ahora de la gloria de Dios, que, digámoslo una vez más, no es otra cosa que su amor benevolente que nos dona vida eterna y nos saca de nuestros sepulcros.
