Después de un choque lo que sigue es huir
Hay imágenes que se repiten en nuestra ciudad y que, sin embargo, no terminamos de asimilar. Un auto con el frente destrozado, un cuerpo tendido en el piso, personas rodeando la escena con teléfonos en mano; y, casi siempre, una frase que se escucha como eco amargo: “el responsable se dio a la fuga”.
Tanto Ciudad Juárez como El Paso han sido escenarios de múltiples accidentes viales: choques, atropellos, impactos contra bardas o postes, caídas desde un puente, volcaduras, etc. Pero más allá de la imprudencia o la distracción, que son ya de por sí graves, hay algo que me inquieta profundamente: la decisión de huir. Dejar atrás a quien resultó herido. Desaparecer antes de enfrentar lo ocurrido.
Provocar un accidente puede ser un error humano. Un segundo de descuido, un cálculo mal hecho, una imprudencia que no midió consecuencias. Nadie está blindado contra la equivocación. Pero escapar no es un error: es una decisión consciente. Y esa decisión dice mucho de nosotros.
Me pregunto qué pasa por la mente de quien pisa el acelerador después de haber causado daño. ¿Es el reflejo del miedo? ¿Es el temor a una sanción? ¿Es la angustia de enfrentar a la familia de la víctima? Tal vez todo eso junto. Pero hay algo más hondo: la incapacidad de asumir responsabilidad.
Ciertamente quedarse no borra el accidente, no elimina el daño. Pero sí marca una diferencia moral. Significa reconocer al otro como alguien cuya vida importa. Significa llamar a una ambulancia, intentar auxiliar, aceptar las consecuencias legales que correspondan. Significa, en términos simples, actuar como ser humano.
Huir convierte un accidente en abandono. Y el abandono duele más allá de las heridas físicas. Es dejar a alguien en el suelo como desecho mientras uno piensa primero en salvarse a sí mismo. Es anteponer la comodidad personal al sufrimiento ajeno. Es, en última instancia, una forma de indiferencia.
Como sociedad, solemos indignarnos cuando leemos una noticia como esta, exigimos justicia, compartimos la nota, comentamos con enojo. Pero la reflexión más incómoda es otra: ¿qué haría yo en esa situación? Es fácil condenar desde fuera, más difícil es preguntarnos si, en medio del caos y el miedo, tendríamos el carácter de quedarnos.
La ley sanciona el abandono de la escena, y debe hacerlo, pero la ley llega después. Antes está la conciencia. Antes está ese instante en que sabemos que hemos causado daño y debemos decidir quiénes somos. No podemos aspirar a una ciudad más justa si, en el momento crítico, elegimos la huida. La responsabilidad no es solo un concepto jurídico; es un valor cotidiano que se pone a prueba en segundos, en el volante, frente al error, frente al dolor del otro.
Ojalá no tengamos que enfrentarnos nunca a una situación así. Pero si llega el momento, que no sea el miedo quien nos defina. Que sea la responsabilidad. Porque la verdadera medida de nuestra moral no está en lo que decimos cuando todo va bien, sino en lo que hacemos cuando ya hemos fallado.
