Juárez: ¿premio mayor o premio de consolación?
El 2027 se acerca más rápido de lo que parece. El calendario político ha comenzado a desgranarse y, como es costumbre, el termómetro electoral marca temperaturas muy distintas en diferentes partes del estado. Con él llegarán las elecciones intermedias que definirán el rumbo político de Chihuahua: se elegirá a quien ocupe la gubernatura del estado y se renovarán alcaldías clave, entre ellas la de la capital y Cd. Juárez. Y justo ahí es donde el contraste empieza a llamar la atención.
En la ciudad de Chihuahua ya se barajan nombres con naturalidad. En la conversación pública aparecen figuras con peso y trayectoria política, como: César Jáuregui, Cuauhtémoc Estrada, Brenda Ríos y Santiago de la Peña, entre otros perfiles que podrían aspirar a dirigir las riendas de la capital del estado. La competencia comienza a tomar forma, los grupos políticos se acomodan y las apuestas empiezan a circular.
Pero cuando la mirada se mueve hacia Ciudad Juárez, el panorama es distinto. Mucho más silencioso.
Más allá del auto destape del senador Juan Carlos Loera de la Rosa, que ya dejó claro su interés por gobernar la ciudad fronteriza, el tablero parece sorprendentemente vacío y nos hace preguntar: ¿dónde están los demás?. No hay una fila de aspirantes levantando la mano, ni declaraciones públicas, ni filtraciones calculadas, ni encuestas tempranas circulando con entusiasmo. Mientras en la capital los nombres compiten por espacio político, en Juárez pareciera que nadie tiene prisa por anotarse.
La pregunta inevitable es: ¿por qué?
Una primera explicación podría ser la más ingenua: que en la frontera somos más respetuosos de los tiempos electorales. Que los actores políticos prefieren esperar los calendarios formales antes de iniciar la carrera. Suena bien en teoría… pero la experiencia política mexicana rara vez funciona así. Donde hay poder en juego, los tiempos siempre empiezan antes.
Otra posibilidad es que Juárez esté siendo guardado como ficha estratégica, una especie de premio de consolación dentro del ajedrez político estatal. Cuando los partidos tienen demasiados aspirantes para un mismo cargo — en este caso la gubernatura, en donde también se barajean varios nombres, u otros espacios que pudieran sonar relevantes— suelen necesitar posiciones para acomodar a quienes se quedan en el camino. Y en esa lógica, la alcaldía de Juárez podría convertirse en la pieza de negociación.
No sería la primera vez.
Juárez, por su tamaño electoral y su peso económico, es demasiado importante para dejarla al azar, pero al mismo tiempo ha sido utilizada históricamente como territorio de equilibrio político: el lugar donde se acomodan alianzas internas, donde se recompensan lealtades o donde se reubican aspiraciones que no encontraron espacio en otros cargos.
También existe otra lectura posible: gobernar Juárez no es tarea sencilla. Es una ciudad compleja, con retos estructurales enormes. Seguridad, movilidad, desarrollo urbano, migración, infraestructura, presión demográfica, dependencia económica de la industria maquiladora… no cualquiera quiere cargar con esa responsabilidad en un contexto político cada vez más polarizado. Aspirar a la alcaldía de Juárez implica enfrentarse a una ciudad exigente, crítica y con memoria.
Tal vez por eso algunos prefieren esperar. Medir el terreno. Ver cómo se acomodan las piezas rumbo a la gubernatura.
Porque lo que ocurra en la carrera estatal inevitablemente moverá el tablero municipal. Si hay demasiados aspirantes arriba, alguien tendrá que encontrar espacio abajo. Y ahí es donde Juárez podría aparecer nuevamente como territorio de compensación política.
Pero la ciudad merece algo más que eso.
Juárez no puede ser el premio que se entrega al final de la negociación interna de los partidos. No puede ser la silla disponible para quien no alcanzó otra candidatura. Juárez necesita liderazgo con proyecto, con visión de frontera, con capacidad de gestión binacional y con compromiso real con la ciudad.
Porque si algo ha demostrado la historia política de esta frontera es que cuando Juárez es tratado como premio menor, quien termina pagando el costo es la propia ciudad.
Y eso, a estas alturas, ya no debería ser opción.
