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La salud mental en Ciudad Juárez: una deuda social impostergable

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21.02.2026

La salud mental es una dimensión esencial del bienestar humano, pero en lugares marcados por la violencia estructural y social como Ciudad Juárez, se convierte en una preocupación que trasciende lo individual y escala al tejido comunitario. La salud mental no es un lujo ni una cuestión de moda; es un derecho y un componente básico del desarrollo humano que, lamentablemente sigue siendo ignorado en México y en muchos municipios golpeados por la inseguridad.

Hablar de salud mental en Chihuahua, y particularmente en Ciudad Juárez, no es un ejercicio académico distante: es una necesidad urgente. Durante décadas, la ciudad ha sido escenario de violencia estructural, criminalidad, precariedad laboral y dinámicas sociales que han dejado huellas profundas en principio de vida colectivo. Sin embargo, la conversación pública sigue centrada en cifras de homicidios y delitos, mientras el sufrimiento emocional permanece, en muchos casos invisible.

Investigaciones realizadas por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) han señalado prevalencias importantes de síntomas de ansiedad y depresión en la población juarense, especialmente en jóvenes y personas expuestas a la violencia comunitaria. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) ha documentado que Chihuahua se mantiene entre los estados con tasas elevadas de suicidio en comparación con la media nacional, fenómeno que impacta con mayor fuerza a hombres jóvenes.

Estas estadísticas deben leerse en su contexto: Ciudad Juárez ha vivido ciclos de violencia extrema que no desaparecen cuando bajan los índices delictivos. El trauma colectivo no se mide únicamente en expedientes judiciales; se manifiesta en trastornos del sueño, hipervigilancia, consumo problemático de sustancias, depresión y pensamientos suicidas.

La exposición prolongada a entornos violentos se asocia, según la literatura científica internacional, con mayor riesgo de trastorno de estrés postraumático, ansiedad crónica y alteraciones emocionales persistentes.

Pero la violencia no solo está en la calle. En muchos centros de trabajo, particularmente en entornos de alta presión como maquiladoras, comercio, servicios y seguridad, existe violencia silenciosa: humillaciones constantes, amenazas, jornadas excesivas, acoso psicológico y prácticas de intimidación por parte de superiores.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y estudios a nivel nacional han advertido que la violencia y el acoso en el ámbito laboral incrementan significativamente la probabilidad de desarrollar depresión, ansiedad y síndrome de desgaste profesional (burnout). En México, la entrada en vigor de la NOM-035-STPS sobre factores de riesgo psicosocial reconoce oficialmente que el entorno organizacional puede dañar la salud mental.

Cuando un patrón ejerce violencia verbal o psicológica sistemática, no solo vulnera derechos laborales: reproduce un modelo de liderazgo basado en el miedo. En una ciudad que ya arrastra traumas colectivos, esta dinámica agrava el malestar emocional y perpetúa un círculo de normalización de la violencia. La falta de atención a la salud mental en quienes dirigen equipos de trabajo también es un factor crónico, la ausencia de regulación emocional y la cultura autoritaria pueden convertirse en detonantes de prácticas abusivas.

La salud mental no es un asunto individual aislado; es un indicador del estado moral y social de una comunidad. Ciudad Juárez necesita más que estadísticas, requiere inversión sostenida en atención psicológica accesible, programas preventivos en escuelas y cumplimiento real de normas sobre riesgos psicosociales. Ignorar el problema tiene consecuencias visibles como el aumento del suicidio, violencia intrafamiliar, adicciones y deterioro del tejido social. Atenderlo, en cambio, puede convertirse en una estrategia de pacificación y reconstrucción comunitaria.


© El Diario