La penúltima
El tintineo no es música, aunque lo pretenda con esa insistencia de metal contra cristal. Es un rastro de hierro golpeando contra la pared de ... un acuario vacío. Está allí, frente a la máquina de luces hipnóticas, con la mano suspendida en el aire como si fuera a bendecir el azar, pero solo es el gesto rutinario del que ya no espera un milagro, sino una prórroga. Hay un ritmo en su dedo, un compás que parece la danza de un náufrago que intenta achicar el océano con un dedal. Pulsa el botón. Los limones giran, las cerezas se burlan con su rojo de plástico, y el silencio que sigue al estruendo de los rodillos es la verdadera medida de su soledad. Esa persona —que podría ser cualquiera de nosotros en un mal giro del destino, o ese vecino que saluda con una timidez que ahora entendemos como vergüenza— acaba de entregar su última dignidad al vientre de metal de una tragaperras, en un bar donde el aroma a carajillo y el serrín del suelo son el único ecosistema de su derrota.
Así funciona. Con un susurro que dice: «una más y lo dejo». Es una frase que se mastica con la cadencia de una oración fúnebre. Porque el vicio es, ante todo, una repetición que busca desesperadamente un resultado distinto. El que bebe no recuerda la primera copa, sino la penúltima, porque la última todavía no ha llegado y quizá no llegue nunca. El que juega no recuerda la primera apuesta, sino la que le falta para recuperar lo perdido. Y el que consume no recuerda la primera, sino la promesa........
