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Carlismo, 'casus belli'

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01.03.2026

En edad contemporánea, las ideologías políticas se han podido distinguir según la orientación y el objetivo de su acción: si lo individual, lo social o ... lo ecuménico. El anarquismo y el neoliberalismo son antagónicas expresiones de lo primero, el socialismo se caracteriza por lo segundo, y el comunismo apunta a lo tercero. Pero hay un movimiento, quizá único, que en su historia larga de dos siglos ha puesto énfasis en las tres dimensiones, como si nada humano le fuera ajeno: el carlismo.

Individualista y personalista, en la inteligencia de que el ser humano ha de proteger su dignidad contra el avasallamiento de poderes inmanentes que se pretenden trascendentes. Socialista, en el cultivo de un íntimo sentido de pertenencia a un determinado cuerpo social, político y económico, positivamente encarnado en la defensa foral. Y ecuménico, por su congénita religiosidad: acaso la última mística del pueblo vasco.

No sigamos sin antes recordar que ha habido dos tradicionalismos, uno popular, de entraña socialista, federal y hasta ácrata, y otro escolástico y oligárquico, «miseria de bachilleres, canónigos, curas, barberos ergotistas y raciocinadores» (Unamuno). Que su insólita continuidad es fruto de la transmisión intergeneracional («Por Dios, por la Patria y el Rey lucharon nuestros padres... y lucharemos nosotros también», canta el 'Oriamendi'). Y que ningún otro movimiento político en la España contemporánea ha mostrado una predisposición tan franca y persistente a la acción armada como el carlismo que hizo de su misma existencia un 'casus belli', una justificación de guerra, hasta integrarla como parte indisociable de su praxis política, de su identidad colectiva y de su acervo cultural.

Tal día como ayer de 1876, el pretendiente Carlos VII y varios miles de requetés sellaban su derrota en la que fue última guerra antiliberal europea sostenida durante cuatro años como cauce de reivindicaciones populares y en reacción al miedo que inspiraba la naciente sociedad industrial. Después, el carlista buscó transformarse en un partido 'normalizado', usuario de los mismos instrumentos políticos que los restantes, pero encontró grandes resistencias en su seno. De hecho, durante buena parte del siglo XX siguió proyectando una imagen cerril y belicosa ilustrada con su protagonismo en el alzamiento franquista de 1936.

Romanticismos a un lado, no podemos eximirle de toda responsabilidad en la pervivencia de otra mística intergeneracional, la de la violencia, que castigó a Vasconia hasta entrado el siglo XXI.

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