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Empotrador

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19.03.2026

La primera vez que vi porno, acudí al confesionario. Aquel porno no eran más que dos hojas de una revista alemana, pero yo tenía 12 ... años, aquellas chicas desnudas me aterrorizaron y en el confesionario me perdonaron previo rezo de tres avemarías. El porno ya no nos amedrenta, pero avergüenza socialmente y pocos articulistas lo tratan. Es tabú y da reparo. Sin embargo, está ahí, cada vez más presente, provocando problemas más o menos serios en los adictos maduros, pero muy graves entre los preadolescentes, para quienes se ha convertido en su verdadera educación sexual. Explicar sexualidad en el aula, siempre que lo permita Vox, ayuda, pero quien de verdad educa es el porno.

Supe que algo estaba pasando cuando, hace unos años, en los pasillos del instituto, las chicas de 1º de ESO se preguntaban las unas a las otras si estaban sexis. Ahora ha subido el tono: vas por la calle y escuchas a preadolescentes hablar de empotradores y emplear el verbo empotrar como si fuera la esencia de la sexualidad. ¡Y que a nadie se le ocurra prohibir! El pin parental es libertad porque los padres pueden impedir que su hijo acuda a charlas educativas sobre sexualidad. Pero si un gobierno persigue una red que expande pornografía, lo acusamos de dictatorial.

En el mundo de hoy, el empotrador es aspiración y referencia juvenil mientras los padres y los abuelos estamos desconcertados. Es verdad que hemos tenido algunas carencias afectivas, hemos sufrido los estragos del amor romántico y padecido algún trauma sexual, pero lo más explícito que hemos conocido ha sido el armario empotrado y no entendemos que la educación sexual corra a cargo de don ConejoX, doña OnlyFans y don PepePorn.

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