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La superioridad de un líder que no cesa

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25.03.2026

El presidente de EEUU, Donald Trump. / GRAEME SLOAN / EFE

No lo hemos oído quejarse de su fracaso, las artimañas o estrategias le han funcionado a las mil maravillas, además, si aún hay que forzar la máquina de la guerra y arrasar países que incomodan sus intereses se hace sin más cuento. Nos dice con un regodeo solemne que goza viendo a los barcos huir ante la embestida de sus misiles y drones. Lo que destruye o contribuye a hacerlo luego lo levantaría con la ayuda de los marines y mercenarios cubanos. Solo le falta la llave que abra la compuerta del estrecho de Ormuz, entonces el negocio saldría redondo.

El bienestar del mundo. ¿Qué mundo?: el suyo, por donde circula un sinfín de majaderías, de frustraciones que siendo irrelevantes le empujan hacia alturas celestiales donde la sinceridad se ausenta, el contubernio se acrecienta y el despojo de su naturalidad se esconde camuflándose en los oropeles fatuos y degradantes de su complejo de superioridad.

Y si nos atenemos a la psiquiatría ese complejo de superioridad de aquel que piensa en el gobierno del mundo es un reflejo de la personalidad a la inversa ya que en el espejo de un narcisismo mal calculado le incita ir a contracorriente de sí mismo, contemplándose en unas aguas que ni siquiera son cristalinas. La turbidez es lo que asoma viéndose difuminado, fuera del contexto de la normalidad rompiendo el círculo para entrar en el de la psicopatología en un evidente trastorno de la personalidad.

Puestos ahí ya nos encontramos en la presencia de una entidad nosológica más que morbosa que dificulta las relaciones entre países.

No tener complejos es una cuestión algo difícil ya que se fabrican, sobre todo, en la comparación. Si no nos comparásemos seríamos todos iguales, pero cuando es la observación lo que se pone en juego ahí comienza la tortura, la destemplanza que ya acarrea las consecuencias de una personalidad que no es limpia. Personalidad ausente, perfectamente llena de descontroles que escudándose en taludes prefabricados con las miserias de sí mismo se convierte en un peligro no solo para su propio edificio personal sino para la colectividad con la que de una manera u otra tiene algún punto de conexión.

Y si tienen opción de mando, el complejo de superioridad es desgarrador y altamente peligroso. En la historia hay ejemplos que nos dan noticias de todo esto. Sin ir más lejos con un cierto retroceso en el tiempo, Hitler y Stalin nadaron en las aguas del destemple más sanguinario.

Y hoy cuando decenas de petroleros permanecen fondeados en las aguas de la guerra, cuando continúan innumerables y sofisticadas acciones y bombas que ya se nos van de la memoria de qué clase son, y escudos protectores, que no todos cumplen errando la puntería, basta recordar el colegio donde murieron bombardeados cien niños, donde estas acciones tienen sus protagonistas, que se desdicen un día sí y otro también con la consigna que han ganado la guerra y que esta se ha terminado. ¡ Ya vemos lo que hay! A no ser que opinen que la muerte trae vida.

El complejo de superioridad siempre acecha, cada cual se cree el mejor, el más listo, el que se adelanta a los acontecimientos aunque unos y otros queden cubiertos de odio y arrogancia y al creerse supermanes o héroes de pacotilla, siguen igual, fijando el punto de mira para la destrucción, jactándose que es una guerra limpia, sin víctimas civiles como si entre sus olvidos también se encuentre el desconocer reglas tan elementales como la suma y la resta. Eso es lo que hay.

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