El objetivo es Europa
Archivo - Imagen por satélite tomada por la NASA del estrecho de Ormuz / -/The Visible Earth/NASA/dpa - Archivo
El mundo, esa cosa. Europa ya no es un país extranjero. Mis padres solo soñaron con poder ir a ver Lourdes, la Disneylandia cristiana, pero mi generación abrió los ojos a la lluvia de Londres, a los jardines de París o al olor de Venecia. Hoy se tarda casi lo mismo de Canarias a Roma que hace medio siglo de Santiago del Teide a Santa Cruz.
Nuestros hijos andan por ese pequeño mundo, sembrados como semillas con una nueva identidad transgénica. Todo se ha puesto al alcance de la mano y del bolsillo. Y el planeta es un lugar muy pequeño donde el batir de las alas de una mariposa en Tokio produce un catarro en Alpedrete. Y quien dice una mariposa dice un barril de petróleo.
En el apresurado manual de instrucciones que hemos fabricado para entender este nuevo tiempo hay muy pocas certezas. La Trumpología Básica de urgencia nos ha enseñado que el presidente de Estados Unidos no habla, sino que amenaza. Muchas de sus bravatas se las lleva el viento de la realidad. Otras no. Y desde hace tiempo ha puesto en su diana a la Unión Europea. Para el presidente de EEUU su país salvó a los europeos en las dos guerras mundiales. Es un pensamiento curioso, teniendo en cuenta que todos los que se estaban matando en Europa eran europeos. Aunque puede decir verazmente que contra la Alemania Nacional Socialista vinieron en defensa de las democracias. También de la suya.
Trump considera que su país ha defendido a Ucrania de la invasión rusa. Estados Unidos «ayudó» vendiendo armas a crédito, junto a varios países de la OTAN, para colaborar interesadamente en la defensa de un pueblo europeo atacado por Rusia. Pero desde la llegada de Trump a la Casa Blanca las cosas han cambiado. Hubo hasta un intento de humillación del presidente ucraniano Zelenski en la mismísima Casa Blanca. Las relaciones entre Donald Trump y Vladimir Putin parecen más intensas de lo que pensamos. Los norteamericanos, como los propios europeos, han aportado armamento a los ucranianos. Pero no gratis. Ni un solo soldado de la OTAN, incluyendo a EEUU, ha estado involucrado en la lucha contra el ejército ruso. No es, ni de lejos, el caso de Irán, donde quien ha iniciado el ataque ha sido Norteamérica. Los acuerdos de la OTAN obligan a la defensa de un miembro atacado, no de uno atacante.
Pero los países europeos tampoco han estado afortunados. Algunos políticos han aprovechado para marcar distancia con un Trump antipático, que le cae mal al europeo medio. La diplomacia se basa en la prudencia en las opiniones y en la gestión de los silencios. Y de eso ha existido muy poco o nada en los últimos tiempos, en los que algunos dignatarios oportunistas han arrimado el ascua política a su sardina electoral. No solo negándose a enviar tropas a Ormuz –eso se cae de maduro– sino pavoneándose de las prohibiciones y restricciones que le han impuesto a su aliado norteamericano en sus bases europeas. Sinceramente, sobraban. No hacerlas, sino presumirlas.
Trump ha anunciado una tenaza que cerrará el estrecho de Ormuz. No dejará salir petroleros aunque hayan pagado a Irán por el derecho de paso. Es un bloqueo a los iraníes. Pero también un torpedo a la línea de flotación del precio del barril de crudo. O sea, a Europa. Lean entre líneas.
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