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Cuando la verdad descarrila

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17.04.2026

Las víctimas y allegados de Adamuz se concentran este martes en Madrid

El accidente de la Alta Velocidad en Adamuz se saldó con cuarenta y seis vidas perdidas. Es un precio demasiado alto como para no rebelarse contra la amnesia y el olvido. No hablo solo de la necesidad de saber las causas de la tragedia, que ya parecen claras, sino de sancionar como se debe a quienes fueron responsables directos o indirectos de esas muertes.

Los últimos informes revelan que los raíles que se rompieron estaban avisando desde el día anterior al fatídico accidente. Una investigación de la Guardia Civil ha detectado un descenso crítico de la tensión eléctrica en ese punto de la vía, veintidós horas antes del descarrilamiento del Iryo. Sin embargo, Adif no detectó la rotura porque sus sistemas de detección no funcionaban. Según la empresa del Ministerio de Transportes, habían reducido los umbrales de alarma del mecanismo de detección de invasión de carril para evitar falsos positivos. Como el que tiene una alarma en su casa y la desconecta porque el gato al moverse la dispara demasiadas veces.

Hoy los padres saben dónde estás sus hijos solo con mirar su móvil. En el centro de control de Adif, en Atocha, siglo XXI, no sabían dónde estaban exactamente los trenes. No se enteraron de que habían chocado un Iryo y un Alvia. Nadie supo, al principio, que había dos convoyes accidentados. Mintieron cuando dijeron que todas las víctimas murieron instantáneamente. Algunos supervivientes afirmaron lo contrario y demostraron que los heridos del tren de Alvia estuvieron más de una hora esperando por una ayuda que no llegaba.

Pero por mucho que duela, debemos admitir que los accidentes ocurren. Y que no siempre se reacciona con la rapidez y la eficacia que se demanda en un momento de urgencia. Sin embargo, ahora se están desvelando graves acusaciones que ponen los pelos de punta. En su día fue noticia que Adif, después del siniestro, había retirado trozos de carril de las vías sin autorización judicial. Pero lo que ahora se señala es muchísimo más grave. De hecho, de probarse, sería directamente delictivo. Al parecer Adif descubrió en una inspección visual que treinta y seis metros de acero de las vías no aparecían en las facturas de sus proveedores. Y entonces, el administrador ferroviario retiró el carril sin avisar al juzgado que lleva el caso.

El número de serie de los trozos de vía retirados no constaba en las facturas ni órdenes de entrega de la empresa gestora del sistema ferroviario. O lo que es lo mismo, la trazabilidad de esas vías era imposible de comprobar, lo que desató el pánico en la empresa. Y el miedo es un combustible muy peligroso. El asunto es lo suficientemente grave como para que el Gobierno reaccione de forma inmediata. Que aclare si es cierto lo de las vías sustraídas a la investigación judicial y, de ser cierto, haga dimitir a todos los responsables de Transportes. Porque ya no estaríamos hablando de un accidente sino de una conspiración para taparlo.

En el universo mediático, las estrellas brillan como supernovas por muy poco tiempo y luego suelen convertirse en oscuros agujeros negros. Pero hay luces, como los cirios que arden en los cementerios, que deberían mantenerse en el tiempo. Porque cada llama es una víctima.

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