¿Qué esperar de la economía boliviana el 2026?
Hay años que uno empieza con entusiasmo. Y hay otros que arrancan con cautela. El 2026, seamos sinceros, empieza con cautela.Venimos de un 2024 que apenas creció 0,73% y de un 2025 que, hasta septiembre, acumuló una caída de 1,63%. No es un desplome… pero tampoco es crecimiento saludable. Es más bien esa sensación de motor forzado. De economía que avanza, pero con el freno puesto.Y mientras la actividad se enfría, los precios no dan tregua. La inflación cerró 2025 en 20,40%, y en enero de 2026 seguía en 19,64% interanual. Eso, traducido a la vida diaria, significa que el salario alcanza menos. Que el transporte sube. Que llenar el tanque duele un poco más.El ajuste de combustibles mediante el Decreto Supremo 5516 cambió las reglas del juego. Desde la lógica fiscal, puede ser una decisión necesaria. Desde la lógica del bolsillo, es otra cosa. Y ahí está el delicado equilibrio: ordenar las cuentas sin desordenar la calle.Ahora bien… no todo es oscuro. En diciembre de 2025 el país registró un superávit comercial de 159 millones de dólares. Los minerales —especialmente el oro— ayudaron bastante. Además, las Reservas Internacionales superaron los 4.417 millones de dólares en enero de 2026. Suena alentador. Pero hay un matiz que no conviene ignorar: la mayor parte de esas reservas está en oro. Es decir, tenemos respaldo… aunque no necesariamente liquidez inmediata. Es como tener patrimonio, pero caja ajustada.Y mientras tanto, el sector hidrocarburífero sigue mostrando señales preocupantes de caída en producción. Ese sí es un problema estructural. Porque puedes tener precios internacionales favorables, pero si no tienes volumen para exportar, el beneficio se diluye.Entonces, ¿qué podemos esperar realmente? Yo diría que el 2026 será un año de transición. Y las transiciones nunca son cómodas.Hay un escenario optimista: precios internacionales altos, acceso a financiamiento, transición cambiaria ordenada, inflación bajando gradualmente. No sería un boom… pero sí una estabilización. Una especie de “volver a respirar”.Hay un escenario intermedio —quizás el más probable—: crecimiento cercano a cero, inflación todavía elevada aunque desacelerándose lentamente, ajuste fiscal con tensiones. No es crisis abierta. Es estancamiento con presión.Y hay un escenario complicado. Si caen los precios internacionales, si reaparecen bloqueos fuertes o si el frente fiscal se desordena, la presión cambiaria podría intensificarse. Ahí la palabra clave sería incertidumbre.¿De qué depende cuál camino tomemos? De coherencia. De disciplina fiscal real, no declarativa. De una política monetaria clara. Y, sobre todo, de confianza. Porque la economía no funciona solo con números. Funciona con expectativas.Si el empresario siente que el dólar estará bajo control, invierte. Si el trabajador percibe que la inflación va a ceder, consume con menos miedo. Si el Estado transmite previsibilidad, el riesgo baja. Si no… todo se enfría.El 2026 no será un año espectacular. Tampoco necesariamente trágico. Será un año decisivo. Un año donde Bolivia tendrá que demostrar si puede corregir sus desequilibrios de manera ordenada —paso a paso— o si seguirá administrando tensiones acumuladas. No es un año para triunfalismos. Es un año para realismo. Y a veces, el realismo bien gestionado es el primer paso hacia la estabilidad.
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