La insultocracia como forma de hacer política
La violencia verbal es la tónica. Lo que confirma una gravedad: el fin del civismo en el ejercicio de la política y del éxito de la estrategia populista que alimenta el discurso del odio. La dialéctica política se ha envilecido. La tuiterización del discurso se ha agravado y unos nichos pseudo ideológicos han ocupado el espacio reservado a las discusiones con altura, con fundamento para llegar a grandes acuerdos nacionales y regionales. Ahora somos un país penalizado por un cainismo casi enfermizo, unos en busca de visibilidad efímera y otros en busca de una audiencia enfermiza, todos bajo el común denominador del discurso del odio.
Desde el habitual mentiroso hasta el corrupto, el insulto en la política boliviana presenta un arco muy amplio de verborragia compulsiva bastante desagradable para nosotros, los ciudadanos que presenciamos a diario esta clase de sandeces, amplificadas por las redes sociales (diseñadas expresamente para el odio) y de un pool de medios de comunicación cuya única oferta es el encono, lo altisonante y la polémica rústica.
Para algunos no son descalificaciones, sino descripciones de conductas reñidas con la ley o de acciones que deben ser calificadas con toda dureza. El inconveniente es que esta cascada de insultos llama la atención por el volumen y la virulencia, no por tratarse de un lance excepcional........
