Cara a Cara
El presidente Rodrigo Paz Pereira ha instalado una consigna potente: “Bolivia en el mundo y el mundo en Bolivia”. La frase es precisa en lo retórico, incluso seductora. Pero la diplomacia —como la economía— no se mueve con eslóganes. Se mueve con decisiones. Y hoy, el país intenta proyectarse hacia afuera sin haber iniciado siquiera la designación de sus embajadores.
La paradoja es evidente. Para que Bolivia esté en el mundo, primero necesita representación efectiva en ese mundo. Sin embajadores, no hay interlocución política de alto nivel, ni acceso directo a gobiernos, ni capacidad real de abrir mercados. El verbo está; la acción, en pausa.
El contexto tampoco ayuda. El gobierno de Luis Arce Catacora dejó un aparato estatal destruido —“tranca”, “cloaca”, “quebrado”— con restricciones incluso operativas. Se habla, con preocupación, de dificultades para sostener y repatriar personal diplomático. Pero construir consensos para designar embajadores no cuesta un centavo. Cuesta voluntad política.
Y ahí está el nudo. Sin bancada sólida, el Ejecutivo necesita votos en el Senado. Negociar no es una opción; es una obligación. Porque, al ritmo actual, no sería extraño que transcurra un año sin que Bolivia tenga completo su servicio exterior.
Para abrir mercados —como planteó Paz en campaña—, se necesitan embajadores con peso político y capacidad técnica. Un embajador abre puertas que ningún funcionario subalterno puede siquiera tocar. La diplomacia no admite vacíos prolongados. El mundo sigue avanzando sin esperar.
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