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Roberto Merino: Todo Santiago

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28.06.2026

La publicación simultánea de Santiago y Ciudad del Olvido de Roberto Merino podría llevarnos al engaño de leer al autor que mejor ha escrito nuestra capital como un obsesivo de la ciudad que encierra algún plan para que la habitemos mejor. Los lectores de En búsqueda del loro atrofiado, Padres e hijos, Por las ramas, Diario de hospital o esa especie extraña de novela que es Mundos habitados saben que Roberto Merino puede escribir de cualquier cosa, o incluso de nada, o de menos que nada, con la misma maestría.

El tema de Santiago apareció en Merino por una conjunción muy suya de obligación y rebeldía. Merino empezó a escribir sobre Santiago —y antes a hablar sobre Santiago— cuando todos encontraban la ciudad obligatoriamente fea. Tiempos no lejanos en que los fotógrafos se veían obligados a viajar a Valparaíso a ensayar sus máquinas fotográficas y en que los Prisioneros mandaban a Nueva York y Europa a los que no les gustaban “nuestra gente y nuestra ropa”.

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Hablar de Santiago era entonces —mediados de los noventa— hablar de un no lugar o de un anti lugar. La ciudad donde terminaban, como quien termina en el purgatorio, las ilusiones del sur que confluían con las ansias mineras del norte. Colonial aunque desnuda de ornamentos de adobes y ángeles barrocos, central y al mismo tiempo descentrada, provinciana y desde siempre capital en contra de Concepción o Valparaíso que siempre se sintieron más merecedoras del lugar, para Merino Santiago no era la ciudad en que habitaba sino una forma de habitar el mundo.

Alumno del Instituto Nacional, habitante de la calle San Isidro, para Merino no era una ciudad sino la única ciudad. Recuerdo la indiferencia casi absoluta con que miró el París que traté de mostrarle. Apurado por salir de los museos y volver al departamento de Andrés Claro en que habitaba, solo admitía de Londres los........

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