Juan Carlos Muñoz, el último boy scout
Juan Carlos Muñoz fue siempre otra cosa. Sin pasado político relevante, sin otra pasión que la movilidad urbana, este ingeniero de la Católica llegaba al ministerio en micro o en metro, a veces en patineta, como si el cargo fuera una consecuencia accidental de haber pensado demasiado en el transporte público. Parecía ser el primer ministro de Transporte de nuestra historia que solo aspiraba a ser ministro de Transporte. Podría haberlo sido en cualquier gobierno. Pero solo en este lo dejaron ser completamente él mismo.
Por donde pecas pagas, dice el dicho, y se aplica incluso a los que casi no pecan. Muñoz ha visto cómo sus mejores cualidades se convirtieron en defectos en el momento menos indicado. Cuando Estados Unidos le retiró la visa en un gesto inédito, unilateral y sin explicación racional, el ministro asumió como herida lo que era una afrenta, como error lo que era un insulto deliberado. Washington usaba una herramienta política de alto calibre en plena guerra comercial. Muñoz lo leyó como un incidente que se podía ir explicando.
Y ahí entró su otro talón de Aquiles: la falta de experiencia y vínculos políticos. Lo que era claro y meridiano, una agresión americana sin precedente, se perdió en meandros administrativos, negativa sobre negativa, imprecisión sobre imprecisión, hasta convertirse en un sainete incomprensible. El hábil embajador americano aprovechó el desorden con una frialdad que Muñoz nunca tendría ni querría tener. Sin el menor pudor intervino en la política chilena y le regaló........
