Fútbol robado
21 de marzo 2026 - 03:08
La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ha vuelto a poner el foco en una herida que lleva años supurando en el fútbol español: el progresivo ninguneo a los aficionados de a pie, a los que les da igual alejar de los estadios. Los precios fijados para la final de la Copa del Rey del próximo 18 de abril, que enfrentará al Atlético de Madrid y a la Real Sociedad, no solo resultan elevados; son directamente prohibitivos para buena parte de quienes dan sentido a este deporte. El fútbol nació como un espacio popular, un punto de encuentro en el que generaciones enteras construyeron identidad, pertenencia a unos colores y memoria colectiva. Sin embargo, decisiones como esta invitan a pensar que ese origen importa cada vez menos. La grada ya no parece concebida como el lugar del hincha, sino como un escaparate para quien pueda pagar. Y ahí reside el problema: en casos como este parece no importar el aficionado, importa el cliente.
Basta mirar hacia otras ligas como la Premier League o la Bundesliga para comprobar que otro modelo es posible. Con sus propias contradicciones, sí, pero con políticas que en muchos casos siguen protegiendo el acceso del público local, entendiendo que sin él el espectáculo pierde su esencia. En España, con la RFEF a la cabeza, en cambio, el rumbo parece claro: maximizar ingresos a corto plazo, aunque eso suponga vaciar de alma los estadios. La prueba está en que ya se llevaron la Supercopa de España a Arabia.
El argumento económico es recurrente. Se habla de costes, de organización, de demanda. Pero rara vez se habla de responsabilidad. Porque el fútbol no es solo una industria; es también un bien cultural. Y cuando se convierte exclusivamente en lo primero, pierde inevitablemente lo segundo. Lo preocupante no es solo el precio de una final, sino lo que simboliza. Es, en definitiva, un paso más hacia ese fútbol que ya no pertenece a quienes lo sostuvieron durante décadas. Quizá el robo no sea repentino, sino lento, casi imperceptible. Pero está ocurriendo. Y cuando queramos reaccionar, puede que ya no quede nada que recuperar. A menudo se olvida que el fútbol no se explica sin su gente. Son los aficionados quienes construyen el sentimiento, quienes lo transmiten de padres a hijos, quienes convierten un escudo en algo más que un símbolo comercial. Sin ellos, clubes como el Atlético de Madrid o la Real Sociedad no serían más que entidades deportivas vacías, sin alma, ni arraigo, ni identidad.
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