menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Palmas

7 0
30.03.2026

30 de marzo 2026 - 03:08

La Semana Santa no obliga a creer. Asumo que pueda pensarse, creerse en definitiva, que todo sea un invento, que no refleje nada de lo que realmente ocurriera, que sea una mera leyenda, con su poquito de verdad de inicio y su muchito de adorno posterior. Pero espero que se respete (si creyera justo al revés, como hago, porque en definitiva también puede pensarse, que es cierto, que un hombre se entregó por el resto, solo por amor, hasta la muerte), que observarlo, y observarse con esa medida, invite a parar un momento y, quizás, cambiar las reglas.

En medio del ruido, de la prisa, de todo, o al menos, mucho, convertido en refriega diaria, esta semana nos ofrece (nos seduzca o no) una imagen antigua: un hombre escarnecido que sufrió por los demás. La imagen es poderosa. El viejo profesor Tierno Galván ya dijo que contemplar el dolor de ese hombre por causa de los demás no causa ningún mal. Puede que no sea fe (o quizá, simplemente, no hemos tenido ocasión de descubrir lo contrario), pero, desde luego, es necesario. Y práctico. Porque nos hace falta ser queridos. Y querer.

Creer –aunque sea a media luz, aunque sea con reservas– es un acto profundamente humano. No es sumisión intelectual; es abandono, concederse la posibilidad de que el amor no sea una debilidad, sino una fortaleza.

Yo creo que el amor tiene algo de egoísmo. Queremos porque lo necesitamos, porque al hacerlo nos completamos; porque nadie vive bien instalado en el cinismo permanente. Amar es, en parte, salvarse uno mismo. Y eso también es compasión. O, más grande, misericordia. Palabras enormes que hoy suenan sospechosas y, sin embargo, dicen algo simple: mirar al otro sin cálculo inmediato. Reconocer su herida. Recordar que no somos autosuficientes.

La Semana Santa, más allá del rito y la tradición, destaca una escena brutal: la vulnerabilidad elevada como una fuerza indestructible. Un poder que no aplasta, sino que se deja herir. Eso, en un mundo que confunde fuerza con ruido, es subversivo.

No hace falta proclamarse creyente. Basta con concederse la oportunidad. Abandonarse un poco. Dejar que la dureza cotidiana afloje. Admitir que necesitamos afecto tanto como certezas. No necesito un dogma. Quizá sea solo una invitación a bajar la guardia. Y agradecer que nos recoja. Y, entonces, ya no hará falta creer. Porque sabremos.

También te puede interesar

Por sus obras les conoceréis

Alberto González Troyano

La novela como vivencia

Algo más que un reajuste forzado

Bezzecchi vuelve a ganar y Marc Márquez remonta hasta acabar quinto

Domingo de Ramos de Córdoba 2026: El comienzo soñado en una jornada espléndida


© El Día de Córdoba