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La Semana Santa y el Greco en Jerez

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01.04.2026

La talla del Resucitado de Jerez de la Frontera. / Instagram María José García Pelayo

En Semana Santa las calles se impregnan de incienso. El ánimo colectivo se torna expectante ante lo que está por venir, y aflora una inquietud compartida que, por un instante, remite a la infancia, a ese tiempo en que la vida parecía más sencilla.

Pero más allá de ese componente sentimental, la Semana Santa es también un hecho artístico. Y, por fortuna, cada vez con mayor frecuencia se sostiene sobre fundamentos que no son solo estilísticos, sino también intelectuales. Precisamente como una búsqueda intelectualizada de la belleza desde Oriente a Occidente definió el historiador Fernando Marías la trayectoria de El Greco.

Fue, en efecto, un viaje. Un itinerario artístico y espiritual que comenzó en Creta, cruzó Venecia y Roma, encontró su destino definitivo en Toledo… y que ahora, inesperadamente, parece haber sumado una nueva parada: Jerez.

La Hermandad de la Sagrada Resurrección de Jerez ha asumido un desafío audaz: abandonar la iconografía clásica del Resucitado -serena, frontal, triunfante- para adentrarse en una formulación manierista, mucho más espiritual que narrativa. Es, además, un gesto de memoria académica: la recuperación de un proyecto inacabado de Luis Ortega Bru, cuya sensibilidad dramática dialoga, casi sin proponérselo, con el aliento visionario de El Greco.

Porque El Greco no fue solo un pintor. Fue uno de los grandes humanistas de su tiempo. Arquitecto en la concepción espacial de sus retablos, lector y anotador apasionado de los tratados de arquitectura de Sebastiano Serlio, y también escultor. Ahí permanece, como testimonio, su Cristo Resucitado de la iglesia del Hospital de Tavera, en el que la materia parece elevarse mientras camina.

La nueva obra que llega a Jerez tiene los labios -la huella, el temblor expresivo- de Ortega Bru. Pero posee también esa torsión casi miguelangelesca que late en la obra del cretense. Los pliegues, la composición y la tensión del cuerpo recuerdan inevitablemente al Resucitado que El Greco pintó en el lienzo conservado hoy en el Museo del Prado: un cuerpo que no asciende con placidez, sino que se eleva en tensión, como si la carne aún recordara el peso de la muerte.

Las similitudes, en este caso, no son solo estilísticas. El destino ha querido que la polémica -esa sombra inseparable del genio- haya vuelto a hacerse presente. El Greco vivió siempre rodeado de críticas y controversias. Sus severas observaciones sobre el Juicio Final de Miguel Ángel le cerraron las puertas del círculo artístico del cardenal Alessandro Farnese en Roma. El destino lo empujó entonces hacia Toledo, donde su arte encontró incomprensión antes que reconocimiento.

El Greco vivió siempre rodeado de críticas y controversias. Sus severas observaciones sobre el Juicio Final de Miguel Ángel le cerraron las puertas del círculo artístico del cardenal Alessandro Farnese en Roma

El Greco vivió siempre rodeado de críticas y controversias. Sus severas observaciones sobre el Juicio Final de Miguel Ángel le cerraron las puertas del círculo artístico del cardenal Alessandro Farnese en Roma

Cuatrocientos años después, la polémica ha vuelto a Jerez. Una imagen -una simple fotografía mal iluminada previa a la presentación oficial- bastó para encender el debate en las redes sociales. Quejas, rasgaduras de vestiduras y comentarios apresurados que desaparecieron casi por arte de magia cuando la obra se presentó al público y la mano de Ortega Bru pareció encontrarse, simbólicamente, con la de El Greco.

Ojalá el diseño del nuevo paso recupere también esa faceta arquitectónica del cretense y se convierta en un proyecto de verdadera calidad artística, capaz de contribuir a la creación de un patrimonio de excelencia. Porque el resultado permite a Jerez incorporarse a esa larga travesía que comenzó hace más de cuatro siglos en una pequeña isla del Mediterráneo oriental: una búsqueda intelectual de la belleza a través del arte.

Creta, Toledo… y ahora Jerez.

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