Hablar o no hablar en los Goya, esa es la cuestión (pero hay otras cuestiones)
La directora Alauda Ruiz de Azúa recibe el Goya a mejor guión original por su película ´Los domingos´. / Alberto Estévez / EFE
Lo dijo Alauda Ruiz de Azúa al recoger el Goya a Mejor Dirección por esa película excelente titulada Los Domingos: “En cuarenta años de premios, esta categoría solo la han ganado tres mujeres: Isabel Coixet, que ganó dos veces; Icíar Bollaín y Pilar Miró”. El anfiteatro tronó en gritos y aplausos. Y con razón. Era una verdad apabullante que, en mi opinión, se podría haber adelantado en algún momento de la gala al hacer esos resúmenes emotivos sobre la historia de los cabezones.
Sí se dijeron otras muchas cosas, en cambio. Se volvieron a criticar asuntos tan graves como el genocidio (no tiene otro nombre) de Gaza o las masacres que se llevan a cabo en países como Ucrania o Irán, además de la “brutal persecución de migrantes y disidentes en los EE.UU”, como señaló en su afinado discurso el propio presidente de la Academia de Cine, Fernando Méndez-Leite, que también llamó a la reflexión “sobre la preocupante situación de desprecio de los derechos humanos que se está produciendo por doquier y desde el poder político”. Y tiene razón. Y es importante decirlo en una gala como ésta a pesar de que, como quiso apuntalar el crítico y cineasta, “nosotros no vamos a arreglar el mundo, pero las noticias de hoy mismo (por el ataque a Irán) no invitan a mirar hacia otro lado…”.
Y aun así, podríamos enumerar otros asuntos que no tuvieron merecido lugar en esta gala de los Premios Goya, desde la desgracia de Adamuz (un shock del que nos va a costar recuperarnos a quienes solemos transitar esas vías y, sobre todo, a las familias de las víctimas), el problema de la vivienda o la propagación de la violencia, el racismo y, en definitiva, la ultraderecha. Pero fue la directora vasca y, posteriormente, su productora, la santanderina Marisa Fernández Armenteros, quienes llamaron la atención sobre la profesión del cine y una de sus tantísimas problemáticas; en este caso, la hiriente ausencia de mujeres directoras entre las películas que más han destacado a lo largo de estas cuatro décadas de premios.
Podríamos enumerar otros asuntos que no tuvieron merecido lugar en esta gala de los Premios Goya, desde la desgracia de Adamuz, el problema de la vivienda o la propagación de la violencia, el racismo y, en definitiva, la ultraderecha
Podríamos enumerar otros asuntos que no tuvieron merecido lugar en esta gala de los Premios Goya, desde la desgracia de Adamuz, el problema de la vivienda o la propagación de la violencia, el racismo y, en definitiva, la ultraderecha
Es un tema que me inquieta y que ya comenté en este artículo hace un año, pero aún me sigue llamando la atención que, exceptuando esas dos intervenciones (y alguna más aproximación al mismo asunto), no se aproveche ese escenario para reivindicar los problemas que tiene el sector. Da la sensación de que el odioso invento del glamour justifica esconder todas las impurezas bajo la alfombra roja, y que la presencia en las gradas de decisivas personalidades como el presidente del Gobierno, el ministro de Cultura y tantos otros nombres fundamentales de la política cultural española no sean una razón para reivindicar, sino para lucirse y, si acaso, criticar lo que ocurre al otro lado del mundo (que sí, que también, pero aquí también ocurren cosas y deberíamos ser igual de valientes para pelearlas).
Por ejemplo, sigo sin entender que nadie quiera usar esa influyente plataforma para hablar de las ventajas del cine francés y de cómo han conseguido defender su sistema de producción frente a la invasión (cultural y la otra) estadounidense. O de las precariedades que se dan en tantos rodajes. O de las dificultades que las pequeñas y las medianas empresas tienen para levantar cualquier proyecto. O del abrumador porcentaje de paro que se da entre actores y actrices. O de los miseros sueldos que tiene que pelear (y discutir) casi cualquier guionista. O de que las entradas -en muchas salas, no todas- están caras y, si se bajan, la gente las llena (y si no, fíjense lo bien que ha funcionado “los martes de cine senior”). O de que los presupuestos medios (esos que antes lograban sostener el sector) han desaparecido casi en su totalidad en beneficio de los enormes y pequeños. O de que la disparidad territorial del incentivo fiscal está reventando la economía audiovisual de casi todas las comunidades autónomas y, en especial, Andalucía (pero aquí, como también dije, los Carmen ganaron a los Goya en reivindicación). De que la Inteligencia Artificial será inteligente según quien la use, y bajo qué ley. O de que el brillo que inunda las redes sociales y revistas es casi siempre mentira y tras el photocall solo hay cartón, madera y gravísimos problemas a fin de mes.
Porque sí. Es cierto que el cine español está viviendo un momento de éxito, pero siempre tuvimos películas con gran presencia internacional. Lo que no tenemos ahora es gente inundando las salas (salvo excepciones), ni proteccionismo de nuestras películas ante el bombardeo (metafórico y no tanto) estadounidense. Ni ayudas que permitan a la tercera edad del oficio no fallecer rodeados de miseria.
Es cierto que el cine español está viviendo un momento de éxito, pero siempre tuvimos películas con gran presencia internacional. Lo que no tenemos ahora es gente inundando las salas
Es cierto que el cine español está viviendo un momento de éxito, pero siempre tuvimos películas con gran presencia internacional. Lo que no tenemos ahora es gente inundando las salas
Es cierto que esta información no resulta demasiado fotogénica en esa alfombra y que siempre luce mejor la sangre, que también es roja y convierte en humanos a todas las estrellas. Pero no olvidemos que son premios al cine desde el cine. Sin duda, uno de los activos más importantes de nuestra sociedad. Porque los Goya son capaces de atraer a actrices valientes y míticas como Susan Sarandon y de premiar a mentes tan genuinas como la de Albert Serra. De dar toda la luz a una olvidada Cañada Real o de hacernos entender en un brillante discurso que la lengua de signos (y por qué no, el Braille) debería enseñarse en las escuelas. De que la humildad, casi siempre, derrota la arrogancia. Y que el cine es político. Y los Goya también. Pero si queremos que sigan existiendo otros cuarenta años, quizás toca hacer autocrítica, mirarse más hacia dentro que fuera y observar si, bajo tantos trajes, vestidos y canapés, subsiste un oficio que debemos defender.
