El mito de la entrevista espontánea
Vídeo | El mito de la entrevista espontánea | Las cosas del votar, por Ana Salazar
La política también tiene sus productos ultraprocesados.
El lunes no hubo solo una entrevista de Juanma Moreno Bonilla en El Hormiguero. Hubo algo bastante más interesante: una operación de notoriedad de alto voltaje.
Ese mismo día, el equipo de campaña del presidente de la Junta de Andalucía desplegó artillería pesada con tres piezas mediáticas muy conectadas entre sí, situadas además en tres espacios estratégicos cuidadosamente seleccionados. Por un lado, El Mundo, un periódico dirigido a un público tradicionalmente de centro-derecha. Por otro, la revista ¡Hola!, con un registro marcadamente social y aspiracional. En ambos casos, el foco era prácticamente el mismo: la figura de Manuela Villena, la historia de amor entre ambos y su dimensión familiar.
Y por la noche llegó la entrevista en El Hormiguero, uno de los escaparates más potentes del prime time televisivo español.
Formatos distintos, registros diferentes y públicos también distintos. Pero todos ellos de ámbito nacional (porque el andaluz que vive en Madrid también vota). Cuando se observan juntos, estos movimientos dejan de parecer una simple agenda mediática: estamos ante una auténtica campaña de notoriedad.
El objetivo no es tanto explicar o defender la gestión como reforzar al personaje.
Y este tipo de campañas no son gratis. No porque haya que comprar espacios, sino por todo lo que ocurre detrás: equipos de campaña, responsables de comunicación, asesores estratégicos e incluso especialistas en incidencia pública. Horas y horas de preparación para que cada pieza encaje, para que todo funcione como un mecanismo perfectamente engrasado y, al final, termine pareciendo natural.
En ese terreno, El Hormiguero es un escenario especialmente útil. No es un programa pensado para la confrontación política. Es entretenimiento: ligero, familiar, amable. Precisamente por eso permite algo muy valioso para cualquier dirigente: reforzar las fortalezas y esconder las debilidades.
Por eso los líderes políticos pasan por allí: para proyectar una imagen.
En este caso, además, Moreno Bonilla ha sido el primer candidato andaluz en hacerlo en este ciclo electoral. No sabemos si será el único, pero sí el primero. Y en política, ser el primero siempre concede una cierta ventaja competitiva.
De política, en realidad, vimos poco. Muy poco. Apenas algunos gestos simbólicos. Uno de los más evidentes fue el arranque con el aceite de oliva andaluz: un mensaje dirigido al mundo agrícola, uno de los espacios donde PP y Vox compiten con más intensidad, ya que Vox ha encontrado allí un terreno especialmente fértil para crecer.
No es casual que ese gesto apareciera al principio. En televisión, los primeros minutos son oro. Si ese público cambia de canal después, el mensaje ya se lo han colocado.
Otro momento significativo fue el tema de la guerra. Ese marco parece haber reactivado a una parte del electorado socialista que venía bastante desmovilizado tras los escándalos que han rodeado al PSOE durante el último año.
¿Qué intenta hacer Moreno Bonilla en ese terreno? Utiliza una técnica bastante conocida: aceptar el marco dominante -en este caso, el rechazo a la guerra- pero disputar quién tiene la legitimidad para representarlo.
Lo que vino a plantear es que la guerra es ilegal, sí, pero que las motivaciones de Pedro Sánchez para situarse en ese No a la guerra responden más a un cálculo estratégico que a una convicción política.
A esas alturas de la entrevista, el reparto de mensajes estaba bastante claro. Ya se había enviado una señal al votante del campo y al votante socialista. Y al mismo tiempo se reforzaba el vínculo con su propio electorado a través de una conversación construida casi por completo sobre la simpatía, la cercanía y la empatía.
Todo estaba calculado. Y el guion se ejecutó casi a la perfección.
Hasta aquí, la estrategia.
Ahora bien, toda estrategia tiene también sus límites. Y en este caso apareció uno bastante evidente: toda la operación parecía diseñada para activar un único registro del personaje, el de la cercanía. Juanma, como ese tipo normal con el que te apetece tomarte una cerveza porque te cae bien, porque siempre te echas unas risas.
Las anécdotas personales, la referencia a la terapia o incluso el registro de imitador humorístico funcionan precisamente en ese terreno. Humanizan y generan complicidad con el espectador. El problema es que, cuando todos los recursos apuntan en la misma dirección, el personaje corre el riesgo de volverse plano.
La política necesita cercanía, sí. Pero también profundidad.
Y en un momento en el que el sistema internacional atraviesa uno de los periodos de mayor incertidumbre desde la Segunda Guerra Mundial, quizá no habría estado de más introducir algún registro más institucional o una reflexión política un poco más articulada. No para abandonar la simpatía, sino para equilibrarla.
Si algo dejó claro la operación mediática del lunes es hasta qué punto la comunicación política contemporánea está cuidadosamente coreografiada
Si algo dejó claro la operación mediática del lunes es hasta qué punto la comunicación política contemporánea está cuidadosamente coreografiada
Porque si algo dejó claro la operación mediática del lunes es hasta qué punto la comunicación política contemporánea está cuidadosamente coreografiada. La previa en prensa, el perfil familiar, el formato televisivo, los símbolos elegidos e incluso los silencios forman parte de una arquitectura pensada para que todo parezca natural.
Pero la naturalidad no se fabrica.
En una época en la que la IA puede producir discursos perfectos, imágenes impecables y estrategias milimétricas, lo único que de verdad sigue distinguiendo a una persona es la autenticidad. Incluso Instagram lo ha reconocido en su último cambio de algoritmo, premiando lo real e imperfecto frente a lo perfectamente producido.
Quizá en comunicación política debamos asumir que el mundo está lleno de líderes. Y que, tal vez, lo verdaderamente revolucionario sea algo mucho más sencillo: mostrar a la persona.
