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Agassi odiaba el tenis. Alcaraz lo ama. La diferencia empezó en casa

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19.06.2026

Sábado, 9.15 de la mañana. Hace frío, el campo huele a hierba mojada y un niño de nueve años corre detrás de un balón que casi le llega a la rodilla. Lo persigue con todas sus fuerzas. Y mientras corre, hace una cosa que lo delata: en lugar de mirar el balón, gira la cabeza un segundo hacia la banda. Busca a su padre.

Su padre está ahí. De pie, pegado a la valla, más cerca del campo que ningún otro. No anima. Corrige. "¡Que la pases, hombre, que la pases!". "¡Pero qué haces!". El niño oye cada palabra. Y deja de jugar al fútbol para empezar a jugar a otra cosa mucho más difícil: no decepcionar a papá. A ese padre lo hemos visto todos. En casi cualquier campo, casi cualquier sábado. Y conviene aclararlo cuanto antes: casi nunca es un mal padre. Quiere a su hijo con locura y daría lo que fuera por él. Grita justo por eso. Lo que le pasa puede pasarle a cualquiera que quiera de verdad a alguien, y casi siempre empieza sin querer. Tiene un nombre, lo ha estudiado la ciencia, y lo mejor de todo, tiene arreglo.

Según una encuesta recogida por la Academia Americana de Pediatría, alrededor del 70% de los niños abandona el deporte organizado antes de los 13 años. La razón que más repiten no es la falta de talento ni las lesiones. Es esta: "ya no es divertido". Algo que empezó siendo un juego se convirtió en una obligación. Y un día dejaron de querer ir.

El número uno más infeliz del mundo

Quizá pienses que esto les pasa a los que no llegan, y que al que triunfa la presión le salió bien. Conviene escuchar entonces a uno de los mejores tenistas de la historia. Andre Agassi fue número 1 del mundo y ganó 8 Grand Slams. Y años después abrió su autobiografía, Open, con una confesión que heló al deporte mundial: que se gana la vida con el tenis aunque lo odia "con una pasión oscura y secreta".

Su padre, un exboxeador olímpico, construyó en el jardín de su casa de Las Vegas una máquina lanzapelotas a la que el pequeño Andre puso un nombre que lo dice todo: el dragón. Frente a esa máquina lo ponía a golpear unas 2.500 bolas al día, cerca de un millón al año, con una idea grabada a fuego: un niño que golpee un millón de bolas al año será imbatible.

Mientras la familia buscaba casa, el padre cargaba una cinta métrica para comprobar si cabía una pista en el jardín. Y junto a la máquina, una sola palabra repetida sin descanso. Más fuerte. Más fuerte. Funcionó. Agassi llegó a lo más alto. Pero la frase que de verdad explica el coste no es la del odio, es la de la jaula. Cuenta que se suplicaba a sí mismo parar y aun así seguía golpeando, sin poder evitarlo, atrapado en la distancia entre lo que quería hacer y lo que hacía. El éxito llegó entero. La libertad, nunca.

Tan de manual es el caso que dos investigadores españoles, Cornelio Águila y Lisardo Padilla-Cazorla, lo analizaron en la revista científica Retos. En el relato de Agassi encontraron, con nombre técnico, lo mismo que él narra con dolor: miedo al rechazo del padre, ansiedad ante la derrota y una crisis de identidad. Su conclusión coincide con la del campeón. Ganar y ser feliz no siempre viajan juntos.

Lo que pasa en nuestra cabeza

Entonces, ¿qué le pasa a ese padre? Lo investigó un psicólogo de la Universidad de Utrecht, Eddie Brummelman. Reunió a un grupo de padres y madres y les hizo pensar en sueños propios que nunca llegaron a cumplir. El resultado, publicado bajo un título que lo dice todo, "Mi hijo redime mis sueños rotos", fue nítido: cuando un padre recuerda lo que él no logró, empieza a desear que su hijo lo logre por él. Y el deseo se disparaba cuando veía al niño como una prolongación suya, no como una persona con vida propia. Ahí está la raíz de todo. El que grita en la banda no siempre ve a su hijo. A veces se ve a sí mismo, jugando el partido que ya no puede jugar. El gol del niño es su gol. El error del niño, su fracaso.

Y aquí conviene ampliar la mirada, porque esto no pasa solo con........

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