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Sánchez se humilla como la marioneta de Xi

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16.04.2026

Resulta difícil imaginar una coreografía más obscena que la de un presidente sobrevolando el incendio para aterrizar en la gasolinera. El viaje de Pedro Sánchez a Pekín no ha sido una misión diplomática, sino un extravío geográfico y moral que comenzó con un quiebro en el aire. El Falcon, forzado a evitar el espacio aéreo de Irán, tuvo que serpentear por Azerbaiyán porque los ayatolás y su némesis habían vuelto a prenderle fuego a Oriente Medio. No cabe metáfora más elocuente ni más cruel. Mientras Sánchez ensayaba ante el espejo su perfil de estadista de porcelana, el mapa le transportaba a casa del principal cliente del crudo persa, al banquero silencioso del Kremlin, al poder que nunca se mancha las manos porque prefiere financiar a quien se las ensangrienta por él.

Escuchar la palabra "paz" en los labios de Sánchez al pisar suelo chino producía una dentera casi física. Paz. Dicha allí, bajo la mirada del autócrata. Dicha así, con la ligereza de quien confunde la concordia con la capitulación. En Pekín, la paz no era un horizonte ético, era una gasa, un apósito destinado a tapar........

© El Confidencial