Sánchez se humilla como la marioneta de Xi
Resulta difícil imaginar una coreografía más obscena que la de un presidente sobrevolando el incendio para aterrizar en la gasolinera. El viaje de Pedro Sánchez a Pekín no ha sido una misión diplomática, sino un extravío geográfico y moral que comenzó con un quiebro en el aire. El Falcon, forzado a evitar el espacio aéreo de Irán, tuvo que serpentear por Azerbaiyán porque los ayatolás y su némesis habían vuelto a prenderle fuego a Oriente Medio. No cabe metáfora más elocuente ni más cruel. Mientras Sánchez ensayaba ante el espejo su perfil de estadista de porcelana, el mapa le transportaba a casa del principal cliente del crudo persa, al banquero silencioso del Kremlin, al poder que nunca se mancha las manos porque prefiere financiar a quien se las ensangrienta por él.
Escuchar la palabra "paz" en los labios de Sánchez al pisar suelo chino producía una dentera casi física. Paz. Dicha allí, bajo la mirada del autócrata. Dicha así, con la ligereza de quien confunde la concordia con la capitulación. En Pekín, la paz no era un horizonte ético, era una gasa, un apósito destinado a tapar la herida para que no se viera la sangre de Ucrania, la misma causa que Sánchez utiliza en Bruselas como un brazalete de superioridad moral, pero que esconde en presencia del Hijo del Cielo porque teme un bramido. Qué vergüenza. China representa todo lo que Sánchez critica, pero ha preferido amordazarse y sucumbir a la amnesia con todos los síntomas de un antitrumpismo malparido.
El cinismo de la escena se antoja insuperable. Sánchez ha hecho de la resistencia de Kiev su gran credencial europea, envolviéndose en la bandera azul y amarilla con un fervor escénico. Y, sin embargo, ahí lo tenemos, convertido en una marioneta de Xi, estrechando la mano del gran amortiguador de Moscú. No del mediador, no del filósofo oriental, sino del protector de Putin y en exégeta del derecho de injerencia.
Xi Jinping, que conoce bien los vicios de la vanidad democrática, lo recibió con esa solemnidad de mármol que en China no acompaña a la política, sino que la suplanta. No se trataba de distinguir al presidente español, sino de envolverlo en la liturgia del régimen, permitiéndole creer que era un par, un colega, cuando en realidad se desempeñaba como un estúpido juguete del mandarinato.
Las banderas en Tiananmén y los banquetes de etiqueta sepulcral no exponían honores, sino el decorado de una absorción. Sánchez descubrió en Pekín una variedad de silencio particularmente útil. El silencio del comensal que no quiere que la verdad le arruine la cena.
Tiene sentido hablar de humillación y de complicidad, desenmascarar una suspensión voluntaria del juicio y de la conciencia crítica en nombre de la realpolitik y de la balanza comercial. No hubo alusiones a la integridad territorial de Tíbet. No hubo menciones a Xinjiang, donde más de un millón de uigures llevan años en campos de reeducación que la ONU califica de crímenes contra la humanidad. Ni una palabra de Hong Kong ni de Taiwán. Tampoco de la pena de muerte ni de la separación de poderes.
Y no hubo prensa. China ocupa los últimos puestos del índice mundial de Reporteros Sin Fronteras y es uno de los mayores carceleros de periodistas del planeta. El mismo Sánchez que denuncia a los oligarcas trumpistas por asfixiar la información libre no encontró el momento. El momento no existe en Pekín. El momento lo borra el protocolo, la solemnidad manufacturada de una corte que sabe muy bien lo que compra cuando invita.
Desde la Moncloa nos venderán la mercancía de la "autonomía estratégica", pero los chinos dominan hace siglos la fábula del zorro y el tigre. El zorro camina delante del tigre para hacer creer a la selva que es él quien inspira terror, cuando en realidad los animales huyen de las garras que caminan detrás. Sánchez, en su narcisismo galopante, cree gobernar el tablero cuando solo administra la ilusión de su propia importancia.
Al final, la escena quedó servida con la crueldad del protocolo. Mao presidiendo el icono funerario y el presidente del Gobierno entrando en el corazón de la autocracia, persuadido de que acudía a corregir el mundo, cuando en realidad solo comparecía ante su principal beneficiario. No fue una exhibición de liderazgo, sino una rendición estética. Xi puso el palacio y Sánchez puso lo único que China quería comprarle, o sea, la docilidad de un dirigente europeo envuelto en su propio espejo.
