Rechacemos que nos levanten muros hasta en el pasado
Con el pasar de los años, uno aprende que el pasado se hace tan difícil de desvelar como el futuro, quizá más. Y comprende que tener muchos documentos y testimonios sobre lo acontecido no conlleva aprehender la verdad. De hecho, si acaso fuera posible, ni siquiera toda la posesión de toda la información bastaría para revelar la verdad.
Los documentos, igual que los datos, son solo materiales brutos que requieren contexto y análisis. Necesitan trabajo para desembocar, en el mejor de los casos, en una interpretación de los hechos. Una interpretación que no puede ser la única y que, por lo tanto, tampoco puede ser la única verdadera.
Traducir el pasado es un ejercicio que, para ser honesto, nos pide liberarnos de cualquier posición dogmática y nos llama a asumir la inevitable complejidad de cada historia particular y de la vida en general.
La tarea requiere una forma especial de valentía porque, más de una vez, nos enseña que tenemos más miedo a desembarazarnos de nuestros prejuicios que a tratar de aproximarnos a la verdad. Debe ser agradable tener razón sin tener que pensar.
El temor a adentrarse en lo que estaba a oscuras con el afán de alumbrar una parte de la complejidad satisface al autoritario porque el autoritarismo pretende apresar el entendimiento humano entre los barrotes de las simplezas.
Nuestra transición fue precisamente lo contrario. Fue cuando mejor entendimos la complejidad de lo común y cuando más nos abrimos a la complejidad ajena. Quizá por eso fue, en mi opinión, el momento de mayor esplendor colectivo que nunca hayamos compartido.
No es necesario romantizar aquel tiempo, repleto de obstáculos más afilados que los de ahora, para sostener que la Constitución de 1978 está a punto de ser la más longeva porque fue la primera verdaderamente redactada entre todos.
La amenaza del enfrentamiento y de la opresión pendía sobre el nosotros, pero fuimos capaces de asumir una igual disposición hacia el entendimiento que nos permitió navegar por la complejidad. Navegar con éxito: nuestra transición y nuestra democracia, son la historia de nuestro mayor triunfo.
Desgraciadamente, corremos el peligro de que todo ese legado termine desapareciendo. Vivimos días en los que la victoria de la democracia quiere deslegitimarse. Me apena que desde las siglas del PSOE, centrales desde los albores, se proceda ahora a contar todo aquello como una derrota.
La diferencia basal entre un socialista de toda la vida y un sanchista consiste en que el segundo renuncia a la vocación de mayoría y hace suya la lectura más extrema de la ultraizquierda, pareja, por cierto, a la de la ultraderecha, según la cual, la transición dejó vencedores y vencidos. Y, por consiguiente, traidores y traicionados. Culpables y enemigos, en lugar de adversarios y conciudadanos.
Otra expresión, ahora simbólica, del deterioro democrático que nos aqueja. Hoy el poder político quiere contarnos la transición en términos de conspiración para una parte del país. La parte que está al lado de un muro que nunca debió levantarse. El muro en el que se proyecta la propaganda. El muro en el que cada ladrillo es una forma de simpleza.
Se nos está queriendo deslegitimar nuestro modo de vida como si la legitimidad de la democracia fuese una cuestión sentimental, el territorio de la nostalgia, un paraíso perdido por culpa de un pecado original inventado pero confortable para el cuento de la humillación y la venganza.
Y creo que, en este momento, quienes caminábamos a gatas entonces tenemos el deber ético de ponernos en pie y de rebelarnos. No hace falta gritar ni enfadarse para decir no aceptemos que se nos levanten números hasta en el pasado con la intención de imponernos un futuro contrario a nuestros valores constitucionales. Basta con expresarse libremente y con votar felizmente.
La legitimidad de nuestra democracia está en la realidad de cada día y funciona mejor cuanto más funciona la racionalidad política. Yo tengo la convicción de que debemos negarnos a que resulte contracultural reivindicar la racionalidad como única manera sensata de encarar la complejidad. Defender la cultura del entendimiento no es de blanditos ni de moderaditos, es lo civilizado y es lo eficiente.
Tratar de manipular la memoria para adaptarla al relato de un poder tan rechazado por la sociedad no es una cortina de humo adicional. Implica engrosar el muro y, en el fondo, reconocer el propio fracaso. No hace falta insultar para señalar el fracaso que implica no valer para otra cosa que no sea dividir.
Un fracaso material, tangible, porque el Gobierno de España no puede gobernar. Un fracaso moral, porque el desinterés por el bien común y la extensión de la sombra de la corrupción han llevado al Presidente a no pensar ni un milímetro más allá de su interés personal y probablemente judicial. Y, también, un fracaso mental.
No me hace feliz tener que dejar por escrito que la izquierda de nuestro país perdió primero la habilidad de imaginar el futuro, para quedarse después sin la capacidad de comprender el presente. Solo alcanzan a desenvolverse en la pecera de la superioridad moral. Un pasado diseñado a su medida. Una fantasía. Una simpleza.
Me preocupa, además de la carencia de recursos intelectuales, la palmaria ausencia de recursos emocionales para hacerse cargo de los problemas y las demandas de quienes dicen representar. Los líderes progresistas españoles tratan a sus electores como si fuesen sus deudores. Son tan perezosos que dan por seguros los votos. Toda la estrategia, por lo que se ve, consiste en agarrar a los hijos de la transición de las tripas de sus abuelos muertos para ver si así se mueven hacia las urnas.
Yo no sé si terminará o no terminará funcionando. Pero sí sé que hasta las elecciones generales reivindicaré cada día que no nos violen la memoria. Rechazo que se reescriba lo mejor de nuestra historia para distraer la hoja de servicios de un producto político sin proyecto. El programa viene sin una sola letra. Todo es su foto.
