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Rechacemos que nos levanten muros hasta en el pasado

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25.02.2026

Con el pasar de los años, uno aprende que el pasado se hace tan difícil de desvelar como el futuro, quizá más. Y comprende que tener muchos documentos y testimonios sobre lo acontecido no conlleva aprehender la verdad. De hecho, si acaso fuera posible, ni siquiera toda la posesión de toda la información bastaría para revelar la verdad.

Los documentos, igual que los datos, son solo materiales brutos que requieren contexto y análisis. Necesitan trabajo para desembocar, en el mejor de los casos, en una interpretación de los hechos. Una interpretación que no puede ser la única y que, por lo tanto, tampoco puede ser la única verdadera.

Traducir el pasado es un ejercicio que, para ser honesto, nos pide liberarnos de cualquier posición dogmática y nos llama a asumir la inevitable complejidad de cada historia particular y de la vida en general.

La tarea requiere una forma especial de valentía porque, más de una vez, nos enseña que tenemos más miedo a desembarazarnos de nuestros prejuicios que a tratar de aproximarnos a la verdad. Debe ser agradable tener razón sin tener que pensar.

El temor a adentrarse en lo que estaba a oscuras con el afán de alumbrar una parte de la complejidad satisface al autoritario porque el autoritarismo pretende apresar el entendimiento humano entre los barrotes de las simplezas.

Nuestra transición fue precisamente lo contrario. Fue cuando mejor entendimos la complejidad de lo común y cuando más nos abrimos a la complejidad ajena. Quizá por eso........

© El Confidencial