Saber cabalgar la tormenta china
España, y Galicia en particular, tienen largas costas y una profunda cultura marítima. Cuando se forma una tormenta sobre el Atlántico, los surfistas experimentados pueden preocuparse por su fuerza. Pero también saben que las marejadas potentes crean oportunidades excepcionales. Saben igualmente que no pueden enfrentarse a las olas de frente. Algunas se esquivan, otras se sufren, y las más propicias, si se tiene equilibrio y destreza, se surfean.
En el mundo actual, China es la tormenta que está reconfigurando el océano industrial global. Genera olas de escala, tecnología y capital que ningún país europeo puede evitar. Ni siquiera Alemania. La cuestión, por lo tanto, no es si Europa aprueba esa tormenta, sino si aprende a cabalgarla.
España, o al menos el Gobierno español, ha llegado acertadamente a la conclusión de que resistirse a las olas es inútil. Este instinto no es solo geográfico, sino también histórico. Y por lo tanto es muy probable que perdure incluso con cambio de gobierno. Los españoles conservamos una memoria clara de lo que ocurre cuando el país se repliega sobre sí mismo: los periodos de proteccionismo y cierre coincidieron con estancamiento y niveles de vida más bajos, mientras que las fases de apertura, integración e inversión extranjera trajeron modernización y prosperidad.
Esta experiencia histórica explica por qué la política hacia China de España difiere de la de algunos socios europeos. Mientras Bruselas debate sobre la reducción de riesgos y la seguridad económica, el Gobierno central y muchas comunidades autónomas han intensificado su interlocución política con Pekín y han acogido inversiones chinas en vehículos eléctricos, baterías y tecnologías renovables. Los críticos advierten de nuevas dependencias. Las administraciones españolas, insisto, de diferentes colores, ven otra cosa: una oportunidad para modernizar la base industrial bajo condiciones estrictas.
Saber surfear el segundo shock chino
El actual China Shock 2.0 no es la primera ola que afronta Europa, pero sí es estructuralmente diferente. Hace dos décadas, la competencia china afectó a sectores intensivos en mano de obra y muy presentes en España, como el textil o el calzado. Después llegó la competencia en paneles solares y turbinas eólicas. Hoy, la presión procede de la electrificación, las baterías avanzadas, la industria de alta tecnología, la digitalización y las tecnologías verdes, y afecta a los países tecnológica e industrialmente más avanzados de la Unión.
China combina escala industrial, eficiencia de costes y una creciente sofisticación tecnológica. Representa aproximadamente un tercio de la producción industrial mundial y domina segmentos clave de la cadena de valor de tecnologías limpias. Para países como Alemania, cuyo modelo económico descansa en las exportaciones industriales de alta gama, esta transformación se percibe con especial intensidad.
España, sin embargo, ocupa una posición distinta en la jerarquía industrial europea. Tiene un sector automovilístico fuerte, el segundo productor y exportador de vehículos de Europa tras Alemania, pero nunca ha liderado las tecnologías de frontera. Su modelo de desarrollo ha dependido históricamente de la integración en cadenas globales de valor y de la inversión extranjera para mejorar sus capacidades.
Desde esa perspectiva, el ascenso de China no se percibe tanto como una caída desde la cima, sino como un cambio estructural del terreno de juego. En la transición eléctrica, por ejemplo, sin integración en las cadenas de valor de baterías y producción electrificada, España corre el riesgo de perder relevancia industrial.
Por ello, España ha acogido la participación china en proyectos de baterías y vehículos eléctricos, pero bajo condiciones claras: requisitos de localización, compromisos de empleo e integración en redes de proveedores nacionales. El objetivo no es el ensamblaje pasivo, sino una interdependencia estructurada que genere transferencia tecnológica.
La mera defensa no es una estrategia
Este enfoque más pragmático no ignora los riesgos. Una dependencia excesiva en sectores críticos sería un error. Por eso España apoya instrumentos europeos de control de inversiones y defensa comercial. Pero la autonomía no significa ausencia de interdependencia, sino la capacidad de configurarla.
Para la UE en su conjunto la tormenta china plantea decisiones complejas. Existen, a grandes rasgos, cuatro estrategias: 1. Levantar aranceles y ganar tiempo. 2. Reforzar las áreas donde Europa todavía lidera e intentar superar a China mediante innovación y productividad. 3. Colaborar selectivamente en sectores donde China ya tiene ventaja para acelerar la convergencia tecnológica. 4. Reorientar recursos hacia nuevas ventajas comparativas, como servicios avanzados o economías del conocimiento. Las cuatro opciones no son incompatibles. La UE tendrá que hacer un poco de todo.
Lo que difícilmente funcionará es confiar en aranceles o endurecimientos retóricos para restaurar el equilibrio anterior. El proteccionismo puede ganar tiempo, pero no elimina las brechas estructurales. Además, la transición verde europea depende en gran parte de insumos asequibles procedentes de China.
Más allá de la dicotomía
La realidad es que el China Shock 2.0 transformará el panorama industrial europeo con independencia de las preferencias políticas. La apuesta española – y los cuatro viajes de Sánchez en cuatro años a Beijing así lo confirman – consiste en superar la dicotomía entre colaboración y contención en relación con China. El verdadero debate debería centrarse en cómo reconfigurar la interdependencia a favor de Europa.
Esto exige una combinación entre la colaboración pragmática con China, una política industrial europea más sólida, una capacidad fiscal común y una inversión sostenida en investigación y producción a nivel europeo (es decir, emitir eurobonos para poder desarrollar de verdad el Plan Draghi). Las estrategias nacionales, por sí solas, no bastan.
Desde la perspectiva española, China no debería ser ni un socio que idealizar ni una amenaza que securitizar en exceso. Es una fuerza estructural de la economía global. La tarea de Europa es gestionarla de forma inteligente.
Cuando se aproxima una gran tormenta, algunas olas deben evitarse, otras resistirse. Pero lo que no se puede hacer es luchar contra ellas. La pregunta central para España, Alemania y la Unión Europea en su conjunto no es cómo escapar de la tormenta, sino cómo navegarla sin zozobrar. La autonomía estratégica de Europa se forjará aprendiendo a cabalgar la marejada china, no pretendiendo que pueda anularse.
*Miguel Otero Iglesias, investigador principal en el Real Instituto Elcano y profesor y director de investigación en la IE University. Una versión anterior de este artículo se ha publicado en inglés y alemán en International Politics and Society.
