El mito del ‘Madrid invivible’: por qué en la capital vivimos mejor que en el resto de Europa
Madrid hostil, ciudad inhabitable o “la urbe imposible”. En los últimos tiempos, corre bajo la superficie de la capital -como los viajes de agua que la hicieron crecer- una corriente que pretende extender la idea de que aquí no se puede vivir.
Y es verdad tenemos problemas acuciantes como la falta de vivienda o la regeneración ambiental, pero de ahí a creer que Madrid ha entrado en decadencia hay un trecho muy largo que muchos no estamos dispuestos a recorrer. Fundamentalmente, porque la realidad dice que los madrileños (nacidos, criados o recién llegados), vamos por delante de la mayoría de las capitales de Europa en cuanto a calidad de vida. Y quienes nos ocupamos de la construcción de la ciudad trabajamos para que siga siendo así.
El último ensayo sobre la teoría del ‘Madrid invivible’ lo firma Pedro Bravo. Lo he leído con detenimiento y puedo decir que coincidimos en algunas cosas, pero no en su clave de bóveda: la visión de Madrid como un parque temático de cuatro calles entregadas a los turistas, que arrinconan y hacen la vida imposible al vecino. Empecemos por aquí, por ese mito o ficción de que esta urbe es una postal que se disuelve nada más salir del centro histórico y los bulevares.
La ciudad que funciona
Solo a quien no conoce Madrid -o lo mira con visión de túnel- hay que recordarle que la inmensa mayoría de la región se extiende tras los bares de Ponzano al norte, las terrazas de Lavapiés al sur, los conciertos del Movistar Arena (antes Wizink Center y, para los más mayores, el viejo Palacio de los Deportes) al este y el Corte Inglés de Argüelles al oeste. Ni mucho menos estamos ante una ciudad-escenario dedicada al consumo de fast culture o de fast food. De hecho, si el límite urbano llegase solo hasta donde lo hacen los turistas, ¿dónde meteríamos a los 7’1 millones de personas que viven en esta Comunidad?
“Lo de invivible es una hipérbole. Mi casa siempre ha estado está fuera de la M-30. Vuelvo de la oficina, recojo a mi hija del colegio y jugamos juntos en el parque. Mi pareja -que, por cierto, trabaja entre Fuenlabrada y Getafe- y yo compramos en las tiendas y los mercados del barrio. Vamos a bares y restaurantes en el centro, pero no son los mismos a los que van los turistas. Y nos encantan los conciertos y el teatro. Ahora bien, si lo que te obsesiona es hacerte un selfie en el sitio de moda o pasear tú solo por el Rastro... Mira, es que esto es Madrid”, me dice mi compañero Ángel, que lleva toda la vida trabajando y escribiendo sobre la Comunidad.
Y sentencia: “¿Vicálvaro, San Blas, Barajas o Montecarmelo no existen? ¿Y Parla? ¿Y Torrejón? Por ejemplo, yo vivía en Alcorcón y hacía vida de barrio. Tardaba casi una hora en bajar a la Complutense para estudiar o hacer prácticas, pero eso no me impedía ir al cine, quedar con mis amigos o ir a las fiestas del Barrio del Pilar, Las Rozas o Villalba. Todo no pasa en el centro de Madrid. Mi madre, de hecho, odia las aglomeraciones y solo viene al teatro o a musicales”.
Vida y cultura fuera de la M-30
Lo que mi compañero cuenta es la realidad diaria de la inmensa mayoría de los madrileños: una rutina lejos de la Puerta del Sol, estructurada gracias a un transporte público siempre mejorable, pero que funciona con una eficacia razonable, y un ocio que nada tiene que ver con tomar el brunch en la Plaza Mayor. Recuerda: de los siete millones de personas que somos en la región, la mitad vive en ciudades que no son Madrid y muchos ni siquiera trabajan aquí.
Lo que no se puede evitar es que la capital siga atrayendo a la gente por las oportunidades que ofrece. Y ni siquiera esta afirmación es categórica, porque los parques empresariales de San Sebastián de los Reyes-Alcobendas, el Corredor del Henares, los ejes de la A-4 y la A-6 o el cinturón sur, por citar solo algunos, son polos de actividad industrial, logística y de servicios que también están en auge y que pueden seguir potenciándose.
Sí coincido con Pedro Bravo en que asistir a cualquier evento urbano (el Orgullo, San Isidro, el encendido de luces de Navidad) es como meterse en la boca del lobo. También, que empieza a ser agotador ver las plazas permanentemente ocupadas por ferias o eventos de marcas privadas, pero esta última sí que es una molestia reservada a los ‘privilegiados’ del centro.
Ahora bien, ¿es esta masificación algo distinto a lo que le sucede a los San Fermines de Pamplona, las Fallas de Valencia, la Semana Santa de Sevilla o la tomatina de Buñol? Pues no. De hecho, la sufrimos en mucha menor medida gracias a que el patrimonio histórico y cultural de Madrid está más diversificado. Basta mirar la lista de lugares Patrimonio de la Humanidad: de los cinco con los que contamos, solo uno, el Paisaje de la Luz, está en la capital. Los demás -el Real Sitio de Aranjuez y su palacio; la villa histórica de Alcalá de Henares; San Lorenzo de El Escorial con su monasterio y el irrepetible Hayedo de Montejo- están lejos del kilómetro cero. ¿Queremos más? Iglesias con dragones, pueblos levantados de cero a base de escuadra y cartabón, ciudades olvidadas, aguas ‘radiactivas’ y castillos medievales por doquier. Si algo nos ha traído la presión turística es que los madrileños hemos redescubierto el Madrid interior.
En resumen, no sobran visitantes, lo que falta es curiosidad por conocer todo lo que tenemos, porque difusión y promoción cultural se hace -y mucha-. Hay una gran diferencia entre señalar las desventajas del actual modelo y decir que los turistas son los demás, no nosotros cuando nos comportamos igual en otras ciudades; o que aquí el único que gentrifica es el negocio del vecino, no el mío. Así que una cosa es el éxito internacional de la ‘marca Madrid’ y otra que seamos una “ciudad-marca” inhabitable hecha para exprimir al que llega y expulsar al vecino.
Vivienda y servicios: lo que Madrid debe cambiar
La tentación de compararnos con otros es grande, pero, si lo hacemos, que sea de forma seria. Londres, París, Berlín o Roma no mejoran nuestra situación en cuestión de vivienda, atención sanitaria, alternativas educativas u ocio. Solo Viena nos aventaja gracias a su envidiado parque de vivienda pública en alquiler. A cambio, ofrece menos oportunidades laborales. El caso de la idealizada Ámsterdam lo diseccionamos hace poco en Caminemos Madrid: un mercado residencial desbocado cuyas lecciones dejamos por escrito aquí en forma de soluciones.
Lo que sí necesita Madrid es ambición y adaptar -no copiar- lo que ha funcionado en otros lugares, como dice Pedro Bravo. Nos encontramos en medio de un proceso de ajuste -que no puede ser ni lento ni eterno- para cambiar el paso de la gran ciudad que fuimos a la metrópolis global en la que nos hemos convertido. Si somos más, es necesario reforzar los servicios públicos y levantar vivienda accesible. Solo así se evitará el problema generacional que se avecina y la fuga de trabajadores cualificados y de personal sanitario, investigador o docente.
Los que nos implicados en la transformación de la ciudad sabemos que la creación de “nuevas centralidades” -polos periféricos de actividad y vida urbana- lleva tiempo en marcha. La queja por las obras casi permanentes es recurrente, pero esto es Madrid: una ciudad en constante evolución y adaptación, no un monumento para la contemplación extática como Florencia, Venecia o Brujas. El soterramiento de la M-30 en Ventas y de la A-5, la mejora de la Castellana o las ampliaciones del Metro lo demuestran. Lo que es un contrasentido es reclamar mejoras y quejarse de las molestias que implica ejecutarlas. O pedir menos presión fiscal y censurar actividades que ayudan a financiar esta transformación.
El tercer reto de Madrid, común a todas las grandes capitales, es el medioambiental. He hablado largo y tendido en esta sección de ese futuro más equilibrado y sostenible, del nuevo paradigma que supone Madrid Nuevo Norte o de la receta para una Operación Campamento más verde. Esas son las palancas de un urbanismo más próximo, eficaz y sostenible, con soluciones reales para conseguir más prosperidad y menos desplazamientos.
En el próximo artículo, dentro de dos semanas, me comprometo a añadir más propuestas para que nuestra región siga mejorando y marcando la diferencia. Porque no es lo mismo un Madrid con retos que mira al futuro con ambición que el Madrid invivible que nos quieren inculcar.
