Política y retórica de un presidente internacional
El presidente Sánchez es coherente en su narrativa internacional. Se apoya en el derecho y la sociedad internacional para defender su posición en Ucrania, Gaza, Venezuela y, ahora, Irán. No hay reproche.
Sin embargo, en las relaciones con Estados Unidos, el presidente Sánchez ha buscado elevar la voz y el tono por encima en numerosas ocasiones. Pedro Sánchez quiere construir un perfil propio en la esfera internacional por varios motivos. En primer lugar, es el presidente de la Internacional Socialista y no abundan perfiles progresistas entre las primeras economías. Es una voz autorizada entre sus partidarios. Tiene enorme predicamento en Chile, Brasil o Colombia. Con ese respaldo, se posiciona como alternativa política a la creciente ola derechista. No será secretario general de la OTAN ni nada parecido, pero sí se intuye una carrera internacional con estos apoyos.
En segundo lugar, Sánchez elige bien las guerras culturales: la pelea con Trump está en sintonía con su disputa con Elon Musk. Quiere ubicarse como líder progresista frente a esta ola. Tanto Trump como Musk, como representante de las big tech, sirven a esta retórica. España se posiciona contra los supervillanos en la era del poder duro. En tercer lugar, Sánchez sabe que la sociedad española no simpatiza con Trump y sus políticas. Es fácil el aplauso con el reconocimiento de Palestina o la defensa europea de Ucrania. Así, ahoga al Partido Popular: este no puede marcar una diferencia en política exterior, sino hacer seguidismo. La posición internacional de España, con un gobierno del PP, sería bastante parecida en casi todos los ámbitos. En la gran familia europea de conservadores, liberales y socialistas, no tiene margen de maniobra para diferenciarse. Esto dificulta que Feijóo tenga un discurso propio en política exterior. La estrategia contra Vox sí parece más evidente. El presidente apalanca un mensaje polarizante sobre Gaza o Irán para forzar a Vox a desacoplarse o alinearse con el presidente Trump.
Sin embargo, en la cuestión de Irán, el presidente Sánchez ha calculado peor. Hay dos lecturas. En materia económica y comercial, las relaciones económicas son relevantes, pero no determinantes. España puede administrar el impacto negativo: EEUU representa el 5% de las exportaciones totales de España e importamos el 6%. El flujo comercial se calcula en 23.000 M$ y el saldo es positivo para EEUU (circa 3.000 M$). Entretanto, Sánchez crea una narrativa que le favorece: ayudaremos a los hogares. Ahí no radica el problema. Nuestra debilidad está en la importación de combustible fósil: con datos consolidados de 2025, el 30% del gas licuado natural procede del otro lado del Atlántico, primer productor mundial. La tendencia crece, sobre todo, porque España ha dejado de comprar a Rusia. A corto plazo, el precio podría subir e incrementar nuestra dependencia, esto es, un mejor saldo para el socio. Ese coste sí lo pagan los hogares y las fábricas, pero no hay manera de frenarlo, porque no tenemos fuentes alternativas. A largo plazo, peor aún, España tiene condiciones geográficas para convertirse en el hub de gas licuado para reexportaciones hacia el resto de Europa. EEUU elegirá otro puerto, Países Bajos o Irlanda, con toda probabilidad.
El análisis político tampoco deja grandes victorias. España no gana nada en la ecuación y posiciona el país como rival político en un momento muy sensible. El uso de las bases representa un espacio de entendimiento y para recordar el peso de España en la OTAN. No alcanzamos el 5% de inversión, pero aportamos dos bases relevantes. Era el momento de hablar como Trump: la seguridad es un servicio, no solo una actividad industrial. Los aliados nos ayudamos, no nos señalamos. EEUU encontrará otras bases para suministro y logística, espero, dentro del territorio europeo. Seguro que otros socios del Norte de África aspiran a ocupar el espacio estratégico que dejarían las bases.
Así, el desencuentro es un gesto simbólico de escasa trascendencia para la operación de EEUU contra Irán, pero que genera incomodidad al socio mayoritario. España, en el seno de OTAN, contribuye de manera activa, tiene tropas desplegadas, sin ir más lejos, en Líbano. España no carece de compromiso, pero sí de falta de perspectiva. El régimen de Irán es muy difícil de apoyar y dificultar el uso de las bases no parece tanto un ejercicio de soberanía como un gesto innecesario que genera ruido.
España: ¿faro de Europa?
El trumpismo ha identificado Europa como el rival sistémico, civilizatorio. Por eso, da apoyo a Orbán, Vox y otras voces contrarias al proyecto de la UE. La promoción del cambio político, mediante la financiación de iniciativas políticas y think tanks pro-MAGA, genera suspicacia en la élite europea. Ante el creciente descontento social, los proyectos de Le Pen o AfD podrían arruinar el proyecto comunitario. Por eso, la Comisión Europea ha mostrado apoyo sin ambages en la cuestión de Irán. Francia, Alemania o el Reino Unido también han mostrado mayor solidaridad, sobre todo tras los ataques en suelo chipriota. Hay que mover la conversación europea y mostrar capacidad. En el lenguaje de Marco Rubio, Europa quiere ser un socio estable y fiable, no solamente un cliente del complejo militar industrial.
En perspectiva europea, Sánchez queda en una posición de debilidad. En las últimas semanas, se observa un grupo avanzado que recupera el eje París-Berlín con el apoyo de Varsovia y Roma. Los Bálticos, por motivos obvios, impulsan esta Europa nórdica con fuerte peso estratégico. Sí, España está en la cabeza económica y en el grupo E6 para acelerar las inversiones, el ahorro, el euro y construir la autonomía estratégica desde el entorno económico y empresarial. Sin embargo, España carece de visión estratégica.
La situación internacional hoy reclama inversiones en materia de seguridad y defensa, con o sin el requerimiento del 5% de la OTAN. Sánchez, en la Conferencia de Seguridad Munich, habla de "rearme moral" en una mesa sobre rediseño de la seguridad con capacidades nucleares. No es suficiente cuando Rusia ya ha invadido Ucrania y amenaza seriamente con extender sus operaciones. España tiene que participar en las inversiones europeas con voz propia, tanto por el interés nacional (seguridad, fronteras, Mediterráneo, energías) como por la propia industria local (empleos, aeronáutica, inversiones). Quedarse fuera es un error estratégico de alcance.
La campaña ha comenzado y Trump es un antagonista envidiable para cualquier progresista. Con Musk y Milei, el candidato Sánchez tendrá construida una campaña. Ante su creciente descrédito local, el presidente busca causas globales (Ucrania, Gaza) para agigantar su figura ante el electorado local. "No a la guerra", subproducto de la guerra cultural de Iraq 2003, resuena en el elector. Resucita a Rodríguez Zapatero. Recupera al votante nostálgico. "Contra el trumpismo" será el eslogan político con toda seguridad. Quedan avisados.
*Juan Luis Manfredi Sánchez, catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.
