Universalidad europea y cristiana
El entendimiento implícito entre la Iglesia católica y la Unión Europea se basa en parte en la vocación de universalidad de ambas organizaciones, complementada con la existente en otras iglesias cristianas. Esta vocación es evidente en el caso de la Iglesia -o las iglesias-, pues así exhortó Jesús a sus discípulos según recoge Marcos 16, 15-18: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio". El celo misionero de la Iglesia la ha llevado a colaborar con imperios terrenales, de los que aprovechaba su expansión, sin importarle si ocurría por la fuerza de las armas. Esta colaboración se inició con la conversión de Constantino y la oficialidad del cristianismo decretada por el emperador Teodosio. La Iglesia continuó este proceder con los sucesores del Imperio romano en oriente (Bizancio) y occidente (el Sacro Imperio fundado por Carlomagno), y siglos más tarde lo siguió haciendo a lomos de la expansión colonial ultramarina europea de los siglos XV y XVII, que vivió un repunte en el siglo XIX, especialmente en África.
El reverso de la moneda ha sido la expansión del poder político europeo, iniciado en las regiones orientales y septentrionales de Europa que nunca habían sido controladas por el Imperio romano: en la Alta Edad Media, europeización fue sinónimo de cristianización. A partir de la era de los descubrimientos, la expansión continuó más allá del territorio europeo propiamente dicho: la propagación de la fe cristiana se convirtió en uno de los principales títulos de legitimación de la expansión europea, hasta el punto de que Portugal y España encomendaron al papa delimitar las respectivas esferas de actuación.
La geografía de Europa, península en el occidente extremo de Eurasia y vecina de África, predisponía al continente a sufrir y provocar invasiones de pueblos y, también, una vez que la técnica lo hubiera permitido, a explorar el Atlántico, barrera infranqueable para la navegación de altura hasta la Edad Moderna. Europa protagonizó la primera globalización de manera que, incluso después de la descolonización, la pretensión de universalidad ha quedado inscrita en su ADN.
La descolonización, coetánea del Concilio Vaticano II y de la aprobación de los tratados fundacionales de las comunidades europeas, dio pie a un replanteamiento radical de la universalidad cristiana (en este caso católica) y europea. En ambos casos se proscribió toda justificación de la violencia, de manera radical en el caso de la Iglesia, de manera parcial en el caso europeo: la violencia nunca más se emplearía en el seno de la CEE/UE y, como principio, tampoco en las relaciones internacionales.
La práctica no siempre se correspondió con la teoría, especialmente en la defensa de algunos imperios coloniales o con el objetivo de mantener la influencia poscolonial, como nos recuerdan la guerra de Indochina (1946-1954), la de Argelia (1954-1962) o la de Suez (1956), o, más tarde y con distinto objetivo, algunas actuaciones que no contaron con el respaldo explícito de Naciones Unidas, como la guerra de Irak (2003-2011) en apoyo a Estados Unidos o la intervención militar franco-británica en Libia (2011), que desbordó el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU al terminar provocando la caída del régimen de Gadafi. Después de la experiencia de la Primavera Árabe, se puede constatar que la práctica europea se ajusta cada vez más al principio, como se observa en la negativa a participar en la guerra de Irán, y así, se circunscribe el uso de la fuerza militar a los supuestos que cuentan con un claro mandato de Naciones Unidas o que se justifican por razones de legítima defensa, ya sea propia o en apoyo de un socio, como el caso de Ucrania.
El replanteamiento de la universalidad de la Iglesia y de Europa también se discierne en las nuevas........
