Andalucía pide pista para golpear al sanchismo con el no a la guerra de fondo
Turno para Andalucía. Juanma Moreno ha pulsado el botón electoral y se dispone a ser el último clavo del ataúd autonómico del sanchismo. El 17 de mayo pondremos punto final al ciclo de cuatro elecciones autonómicas que quedará saldado con victoria del PP y un incremento del porcentaje de voto para el bloque de la derecha en todas ellas.
Si incluimos a los andaluces en la afirmación, a pesar de que faltan casi dos meses para la cita con las urnas, es porque su comportamiento electoral no va a ser la excepción. La lectura de los resultados estará en los detalles y en el cumplimiento de las expectativas con las que cada formación llegue al día de las votaciones.
En clave andaluza, la variable a resolver es si Juanma Moreno revalida su mayoría absoluta. La lectura española se sitúa indefectiblemente también en medir de nuevo el grado de resistencia que el sanchismo está en condiciones de ofrecer. En este caso con uno de sus peones más correosos, la vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. También en calibrar otra vez las medidas del pastel de la derecha y cómo queda repartido en esta ocasión entre ambos comensales: PP y Vox.
La campaña del PP está hecha. Ha de sustentarse forzosamente en la petición de una mayoría suficiente que no puede darse por hecha. Sólo así, cuestionando su factibilidad y convirtiéndola en algo excepcional, puede venderse después como un éxito ganar las elecciones sin revalidarla.
Tiene argumentos el PP para vender los beneficios de la mayoría absoluta. Sin ir más lejos, el haber agotado la legislatura (el adelanto técnico de un mes no puede considerarse políticamente como tal) en un entorno de convulsión generalizada, sacando provecho de la estabilidad que todo gobierno necesita para poder desarrollar su programa de gobierno.
A ello Juanma Moreno puede añadir la presentación de una hoja de servicios alejada de la polarización, con la gestión ejemplar desde el punto de vista institucional del reciente episodio de inundaciones como mejor ejemplo de ello.
El riesgo de la campaña de los populares radica principalmente en dejarse arrastrar a un escenario en el que la pérdida de la mayoría absoluta pueda contemplarse como un fracaso. No lo sería, pues la mayoría absoluta es en la actual coyuntura política la excepción y no la norma.
En la nave socialista, Pedro Sánchez le pide a María Jesús Montero la misma heroicidad que encomendó a Pilar Alegría en Aragón. Que aproveche su notoriedad y grado de conocimiento entre el votante gracias a su trabajo en el Gobierno de España para abrir una vía de agua en lo que hoy es una clara hegemonía conservadora en el antaño granero de votos socialista.
Las encuestas de momento no sonríen a la vicepresidenta, que deberá decidir si opta por una campaña aliñada por la agenda nacional e internacional -el intentar sacar provecho del posicionamiento del PSOE ante Trump y la guerra de Irán es toda una tentación- o si apuesta por una preeminencia de la agenda autonómica.
El manual aconsejaría intentar convertir la campaña en un plebiscito sobre los servicios básicos -particularmente en el ámbito sanitario, igual que se intenta también en el Madrid de Ayuso, al tiempo que se azuza el miedo a un pacto PP-Vox. Y de postre, intentar convertir a la derecha en cómplices del trumpismo, sea por activa (Vox), o por pasiva (PP).
Con independencia del peso de cada ingrediente, no será fácil para el votante andaluz escapar a la sensación de que quien se examina no es María Jesús Montero, sino Pedro Sánchez. Desde este punto de vista, los comicios andaluces se asemejarán más a los aragoneses que a los de Castilla y León. En el terreno de las expectativas, el PSOE lo tiene más difícil que los populares. Todo lo que no sea mejorar resultados respecto a las anteriores elecciones será visto como un fracaso en toda regla de la candidata, pero muy especialmente del presidente del Gobierno.
Vox necesita por su parte hacer lo posible por contaminar la campaña. Convertir a Juanma Moreno en un socialista que milita en el PP, apuntalando la idea de que sus dos mandatos al frente de la Junta, el primero de la mano de Cs y el segundo con mayoría absoluta, no han sido otra cosa que un más de lo mismo protagonizado por los mismos perros pero con distintos collares.
También a los de Abascal, que aún no tienen formalmente candidato, les conviene ser cautos en la gestión de expectativas. Así lo acredita el desarrollo de los recientes acontecimientos en Castilla y León, donde un exceso de euforia convirtió un crecimiento moderado en un fracaso. Los ultraderechistas llegarán a la cita con el escenario de gobernabilidad de Extremadura y Aragón necesariamente resuelto. Vox, para sacar pecho, debe evitar la reválida de la mayoría absoluta popular. Aunque también podría suceder, si el derrumbe en la izquierda es muy considerable, que Abascal pudiera armar un discurso de satisfacción incrementando su número de diputados en un escenario en el que el PP mantuviera la mayoría absoluta.
De fondo, la guerra, una más que probable espiral inflacionista que puede hacerse notar especialmente en unos meses y la volatilidad de un escenario global sobre el que resulta imposible hacer predicciones que tengan una validez superior a las veinticuatro horas. Puede que el adelanto técnico de las elecciones por parte de Juanma Moreno tenga algo que ver con esta gran volatilidad de las opiniones públicas del presente y un hipotético riesgo de movilización por parte de la izquierda si el conflicto se alarga. En política un mes siempre es mucho tiempo, ahora puede ser una eternidad.
