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¡Que vuelva el rey emérito!

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27.02.2026

"Que vuelva a España el Rey Emérito", ha escrito Alberto Núñez Feijóo en sus redes sociales tras elevar consultas a la Casa Real.

La desclasificación de los archivos secretos del 23-F no ha aportado nada relevante y resulta casi anecdótica respecto a lo ya escrito durante 45 años. Los conspiranoicos tampoco van a modificar su posición. Estos últimos siempre van a vivir mejor y más confortados, aferrados a las versiones alternativas que tanto juego dan a la hora de eternizar las discusiones.

Así que toca anotar a Alberto Núñez Feijóo la consecuencia política más relevante de la desclasificación: el inicio de una campaña formal en boca de un candidato a la presidencia del Gobierno para que el rey emérito regrese de su exilio -más o menos, menos o más- voluntario.

Para muscular su petición, el líder popular argumenta lo que ya conocíamos la semana pasada: que Juan Carlos I jugó un papel fundamental en el sostenimiento de la democracia ante el embate que representó el 23-F. Como consecuencia de ello, y reconocidos los errores por su parte, el rey emérito debiera poder pasar la última etapa de su vida con dignidad en su país y reconciliado con sus compatriotas, ha escrito el líder del PP. Una propuesta recibida con entusiasmo por otros líderes populares y con indisimulada frialdad por parte del Gobierno.

Planteada en estos términos la petición del presidente del PP, pareciera que fueron los españoles los que echaron de España a Juan Carlos I, cuando lo cierto es que estos no jugaron ningún papel en esa partida. Si su abdicación sirvió para preservar la solidez de la institución monárquica en un momento tremendamente delicado para la Casa Real, su partida voluntaria al extranjero seis años después fue la representación de un segundo acto más humillante de la misma obra. Por aquellos días, cuanta más distancia entre Felipe VI y su predecesor y padre, mejor.

No fueron los españoles quienes firmaron su abdicación, ni quienes le hicieron las maletas y lo embarcaron en un avión rumbo a Abu Dabi. En 2020 la presión sobre la institución monárquica estaba de nuevo en fase creciente. No en vano Felipe VI tomó dos decisiones de lo más drásticas para ejemplificar cuánta distancia estaba dispuesto a tomar respecto a su padre: renunció a la herencia y le retiró la asignación oficial de los presupuestos del Estado.

Tocaba establecer un cordón sanitario alrededor del anterior monarca en medio de un entorno político (Podemos en el Gobierno) y social (covid-19) azuzado por las revelaciones periodísticas que seguían aportando información relevante sobre el comportamiento impropio de Juan Carlos I con el ánimo de enriquecerse. Es en este contexto que Juan Carlos I derivó en un problema casi físico. Su partida fue vista como la guinda necesaria para que el cortafuegos que ya estaba alzado en múltiples frentes resultara plenamente efectivo. Y funcionó.

Juan Carlos I se marchó porque su permanencia dañaba la estabilidad y credibilidad del reinado de su hijo y dificultaba la gestión política del país al Gobierno. Puro pragmatismo. Como lo son todos los argumentos para justificar la perdurabilidad en el tiempo de la monarquía.

El deseo expresado por Alberto Núñez Feijóo, que se suma a lo ya expresado por José María Aznar -con visita a Abu Dabi incluida- y Mariano Rajoy, coincide con el título del libro recientemente publicado por Juan Carlos I: Reconciliación. Pero lo cierto es que su regreso, cuando se produzca, no va a obedecer a tal lógica.

La única variable pertinente en este asunto es la que atañe al interés de las instituciones del Estado. ¿Un hipotético regreso puede perjudicar al actual monarca y a la Casa Real en su conjunto? ¿Es gestionable políticamente su vuelta sin que el republicanismo pueda prender la mecha de una nueva etapa de acoso y derribo de la institución? Del sentido de la respuesta a estas preguntas depende únicamente el regreso del rey emérito.

Los experimentos previos, sus viajes a España con billetes de ida y vuelta para asistir a regatas, se han saldado con cierta indiferencia entre la opinión pública. En los márgenes, alguna gente muy contenta y otra muy enfadada. Pero en lo sustantivo, una gran masa social que ni siente ni padece por este asunto. Así que es de prever que ese regreso, cuando sea que las partes que han de decidirlo decidan que se haga efectivo, se llevará a cabo con aparente normalidad y sin grandes disrupciones en la agenda política.

Del mismo modo que su abdicación y su marcha seis años después lo fueron en clave preventiva, su regreso no puede ser entendido más que como el punto final a una cuarentena que ya se puede dar por acabada por haber desaparecido el riesgo de contagio.

Más que de una reconciliación, como pretende Feijóo, de lo que cabe hablar es del fin de una operación de encapsulamiento exitosa. De lo innecesario de seguir con un tratamiento que ya no aporta mejoría alguna a la institución monárquica y que, por tanto, puede abandonarse sin ningún riesgo. De eso trata la hipotética normalización del escenario.

Una normalización que se extiende al juicio que los propios españoles pueden tener en su mayoría sobre el reinado de Juan Carlos I y su persona. Ni su papel en el 23-F empequeñece o justifica su envilecimiento en el plano económico, ni su voraz apetito de enriquecimiento, sabedor de la inviolabilidad que le garantizaba la impunidad, lo hace menos valedor y garante de la democracia ante un hecho histórico tan trascendente como fue el 23-F.

En lo que sí van a estar de acuerdo la mayoría de los españoles del presente es en que todo hombre, haya sido rey o porquero, pueda acabar sus días en su casa, su cama y rodeado de los que considera suyos. Pero a esto se le llama humanidad, más que reconciliación. Llevarlo a la práctica nos reconcilia, eso sí, con lo humano. Solo que este humanitarismo debiera servir para todas las casuísticas. También, por poner un ejemplo, para Jordi Pujol, juzgado en estos momentos en la Audiencia Nacional contra el criterio de los médicos forenses que certificaron sin matiz alguno que el expresidente de la Generalitat no reúne ya las condiciones de salud necesarias.


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