De brókeres y pucherazos en el PSOE
Dice un proverbio chino: "Cada paso que da el zorro le acerca más a la peletería". En el refranero español tenemos una versión parecida del mismo destino cuando decimos que "tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe", pero la formulación china es mucho más precisa si lo que vamos a hacer es aplicársela a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE. Por lo de ‘zorro’, claro, metáfora animal de la astucia, el engaño, la habilidad para conseguir lo que quiere. Es un perfecto retrato del presidente, de este perillán que cada vez se acerca más a la peletería.
Todo lo que está pasando ahora, todo lo que se está descubriendo, es la consecuencia inevitable de lo que se ha creado. Como se ha dicho otras veces, una forma de gobernar. Cada escándalo es una ratificación; cada error es una confirmación; cada chapuza es una consecuencia. Lo extraordinario es el desparpajo con el que se despacha todo, ese concepto vacuo que ha impuesto el líder socialista en la vida pública española, según el cual la asunción de responsabilidad política se limita a la formulación del concepto.
Es una especie de diálogo de besugos que siempre comienza cuando el presidente asegura, con tono solemne, que ha decidido asumir la responsabilidad política que le corresponde por el desastre que haya ocurrido. Lo dice y cuando a continuación se le interpela sobre esa responsabilidad política, el presidente se limitaba a afirmar: ‘ya he asumido la responsabilidad política, como acabo de decir, al contrario de lo que ocurre en la derecha’. Y ahí se acaba el episodio, aunque en los días sucesivos se puedan conocer nuevos detalles del escándalo: asumir una responsabilidad política consiste en decirlo. ‘¿Quiere usted que asuma mi responsabilidad política? Sin problemas, lo hago al instante: ¡asumo mi responsabilidad política! Ya está, asumida. ¿Podemos seguir hablando de otra cosa? Uff, qué pereza’.
En otras ocasiones se ha mantenido aquí que lo peor que tiene esta etapa de la política española es el tiempo que se va a tardar en recuperar el prestigio de instituciones, de hábitos y de comportamientos. Pasará Pedro Sánchez, porque pasará, pero el daño a la convivencia política y a la reputación institucional se mantendrá. Como ha sucedido en los últimos días, se van apilando los escándalos, en todas las vertientes, y ya nos parece hasta secundario que un tipo como José Bono, que fue presidente autonómico, ministro de Defensa y presidente del Congreso, se comporte como un gestor de trapicheos, grandes o pequeños, mientras ve multiplicarse su fortuna. Y siempre, con la mejor cara y la misma sonrisa, poniéndose él mismo como ejemplo de transparencia, "despiadadamente transparente", como dijo este bróker de los negocios políticos cuando presentó hace unos años un libro de memorias. "A los que somos comunicativos, impacientes, nos agrada ir dejando testimonio de nuestra existencia. Hay quienes no podemos evitar dejar huella", dice el señor con el aire inflamado de inmodestia que siempre ha lucido.
Lo que no va a dejar de sorprendernos nunca es la inmediatez con la que se construye toda esta estructura de favores y negocios
Pepe Bono, al igual que José Luis Rodríguez Zapatero o José Blanco, que comparten el oficio de brókeres de la política, son los últimos personajes que se incorporaron al entorno de Pedro Sánchez, y fue José Luis Ábalos quien les abrió las puertas de los despachos en la Moncloa para que llegaran al presidente, cada uno con lo suyo.
Lo que no va a dejar de sorprendernos nunca es la inmediatez con la que se construye toda esta estructura de favores y negocios nada más llegar Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno. Todo parecía estar planificado al detalle, a pesar de que llegó al Gobierno de forma inesperada, tras la única moción de censura que ha prosperado en nuestra democracia y contra un Gobierno que, en aquel instante, había alcanzado un acuerdo estable con los nacionalistas vascos para seguir gobernando hasta el final de la legislatura, con presupuestos renovados. Parece del todo inexplicable, pero, con lo que ya sabemos, lo realmente complicado es pensar lo contrario, que no existía esa planificación. En todo caso, la determinación es innegable. Toda corrupción política es fruto de una degeneración al paso de los años, tras una estancia prolongada en el poder, pero en la era de Pedro Sánchez hasta ese proceso justificativo ha sido falso, inexistente.
Los orígenes del liderazgo de Pedro Sánchez tenían que conducirlo, inevitablemente, a este final. Pensemos, por ejemplo, en lo que ya se ha constatado del amaño de las elecciones primarias de 2017. La principal relevancia de esos episodios es la predisposición al engaño, la catadura moral que demuestra, ya que, realmente, la victoria de Pedro Sánchez sobre sus rivales de entonces, Susana Díaz y Patxi López, se hubiera producido de igual manera.
El pucherazo se quedó sólo en tentativa, en la desvergüenza de meter papeletas de más y adulterar el censo con falsas afiliaciones, esos a los que llamaban ‘rumanos’, pero sin incidencia en las urnas. Pedro Sánchez se impuso claramente a sus adversarios con un 49,8% de los votos, casi diez puntos de diferencia sobre la segunda, Susana Díaz, que se quedó en el 40,2%. En esas elecciones primarias, además, las tres candidaturas desplegaron cinco mil interventores que controlaban el proceso.
No, Pedro Sánchez no ganó por adulterar las urnas, sino por la sagacidad y la astucia de su discurso, que supo conectar perfectamente con lo que se pedía en las bases socialistas en aquel momento en el que se veían acosadas y amenazadas con el sorpaso de Podemos. Luego vino lo que vino, pero esa es otra historia. Las tres patas en las que se apoyó Pedro Sánchez para su sorprendente victoria de entonces son las que luego se ramificaron en los distintos y abundantes escándalos: Navarra (Santos Cerdán, Koldo García Izaguirre), Valencia (José Luis Ábalos) y Andalucía (Alfonso Rodríguez Gómez de Celis y Paco Salazar).
Esa estructura original del poder es con la que se relaciona todo lo demás. Pedro Sánchez no ganó por el puchero rumano, pero ya indicaba una dirección ética: el fin justifica los abusos.
