Geopolítica, inflación y tipos: cómo la guerra con Irán redefine el mercado estadounidense
El pasado 28 de febrero, el conflicto entre Irán y el bloque formado por Estados Unidos e Israel dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad abrupta. Cerca de un mes más tarde, y con el enfrentamiento aún abierto, el mercado empieza a hacer lo que mejor sabe hacer: descontar escenarios.
Todavía es pronto para anticipar el desenlace militar. Sobre el papel, la superioridad estratégica y armamentística de Estados Unidos es evidente. Pero la historia reciente demuestra que ganar un conflicto en términos militares no siempre equivale a salir reforzado en términos económicos o financieros. Y ahí es donde surge la verdadera cuestión para los inversores: no tanto quién ganará el conflicto, sino qué coste tendrá para la economía y los mercados estadounidenses.
Desde el punto de vista macroeconómico, el punto de partida era sólido. Nuestro escenario base para 2026 apuntaba a un crecimiento de la economía estadounidense de un 2,5%, apoyado en la fortaleza del consumo, la inversión empresarial y unos fundamentales aún resilientes. Sin embargo, el conflicto introduce una variable adicional: la energía.
El encarecimiento del petróleo actúa como un freno progresivo para ese crecimiento, al reducir la capacidad de gasto del consumidor. Aunque no es un shock inmediato, sí que es un factor que, prolongado en el tiempo, puede erosionar el dinamismo de la economía.
A esto se le suma la presión sobre la inflación. Las expectativas a corto plazo han repuntado, impulsadas por el componente energético, mientras que las de largo plazo permanecen relativamente estables. Esto dibuja un escenario incómodo para la Reserva Federal, que ve cómo se complica su margen de actuación justo cuando el mercado esperaba una fase de relajación monetaria.
De hecho, el cambio en las expectativas de tipos ha sido uno de los movimientos más claros en estas últimas semanas. A principios de año, el mercado descontaba varios recortes en 2026. Hoy, sin embargo, ese escenario se ha diluido significativamente, hasta el punto de que el mercado apenas anticipa bajadas. La Fed, en la práctica, se enfrenta a una dicotomía entre el riesgo de una inflación más persistente y el de enfriar en exceso la economía.
Este contexto macro tiene una traducción directa en la renta variable estadounidense. Lejos de provocar un colapso generalizado, el conflicto está acelerando una rotación interna que ya venía gestándose. Los grandes valores tecnológicos, que habían liderado el mercado en los últimos años, han sufrido correcciones relevantes, mientras que otros segmentos, como compañías de menor capitalización, han mostrado una mayor resiliencia.
Aun así, es importante no perder de vista el fondo: lo importante es la generación de beneficios a largo plazo. En este sentido, las previsiones de beneficios siguen siendo muy positivas, con crecimientos estimados entre el 8% y el 13% para el conjunto del mercado estadounidense.
Donde el ajuste está siendo más evidente es en renta fija. El repunte de la inflación esperada y la revisión de las expectativas de tipos han empujado al alza las rentabilidades de los bonos, con el Treasury a 10 años moviéndose en torno al rango del 4%–4,25%. Esto tiene dos implicaciones claras: por un lado, limita el potencial de revalorización de los bonos por caída de tipos; por otro, devuelve protagonismo al ingreso por cupón como principal fuente de rentabilidad.
Al mismo tiempo, los diferenciales de crédito han comenzado a ampliarse, reflejando un mayor nivel de estrés en el sistema, aunque todavía con fundamentales empresariales relativamente sólidos. Es un ajuste que responde más a la incertidumbre que a un deterioro real del ciclo económico.
Con todo, el conflicto no cambia la naturaleza de la economía estadounidense, pero sí eleva el nivel de exigencia para el inversor. Introduce más volatilidad, más dispersión y más dependencia de factores externos como la energía o la política monetaria.
Aquí es donde reside la clave estratégica. El entorno actual no obliga a reducir exposición a Estados Unidos de manera indiscriminada, sino que exige construirla de manera más inteligente. El mercado estadounidense sigue siendo uno de los de mayor capacidad de generación de beneficios, innovación y profundidad. Eso sí: ya no basta con "estar", sino que ahora es importante ser selectivo.
En este contexto, la diversificación cobra más sentido que nunca. No como una mera forma de diluir riesgo, sino como una herramienta para capturar oportunidades más allá de los grandes nombres que han liderado el mercado en los últimos años. Y, sobre todo, la gestión activa se vuelve diferencial: distinguir entre compañías capaces de sostener crecimiento y aquellas más vulnerables a un entorno de tipos más altos y mayor incertidumbre.
En última instancia, el impacto de esta guerra no se medirá solo en términos geopolíticos, sino en cómo obliga a los mercados a evolucionar. Y en ese proceso, Estados Unidos no pierde relevancia: simplemente deja de ser un mercado fácil para convertirse, una vez más, en un mercado donde el criterio marca la diferencia.
*Chris Galipeu, Senior Market Strategist del Franklin Templeton Institute.
