Todos menos Vox: por qué la nueva derecha europea está abandonando a Trump
La reelección de Donald Trump desencadenó un terremoto entre la nueva derecha europea, un seismo que opera en dos direcciones opuestas casi desde el principio. Por un lado, las ideas más reconocibles del trumpismo siguen ganando terreno, permeando incluso en los partidos tradicionales. Se copian también los métodos, el tono corrosivo, las campañas y argumentos para las guerras culturales, distribuidos a través de nuevas plataformas y con nuevas caras.
Pero, mientras todo esto ocurre, los mismos partidos que aprovechan la energía política procedente del otro lado del Atlántico están tomando distancia con Trump. Lo empezaron a hacer, tímidamente, en los primeros compases arancelarios. Después con más claridad durante las crisis de Groenlandia y Venezuela. Y ya sin reservas con el estallido de la guerra de Irán. Casi todos han entendido a estas alturas que su cercanía con Trump ya no supone una ventaja, sino un problema. Existen pocas excepciones a esa regla y la más significativa es precisamente la de Vox. Luego volveremos a ello.
De la misma manera que el trumpismo se está disolviendo internamente, también se erosiona la “internacional nacionalista” que salió exultante en noviembre de 2025. En parte por la propia incoherencia del concepto. Si las potencias actúan en función de sus intereses por encima de cualquier regla, legalidad o alianza, es imposible evitar el choque. Y dificil no acabar entrando en colisión con quienes defienden las mismas reglas de juego bajo otras banderas nacionales.
Pero hay otros motivos menos teóricos.
Los partidos que componen la nueva derecha europea proceden de tradiciones políticas muy variadas, a menudo extravagantes. Algunos comparten una raíz antiimperialista y/o antiatlantista. Tino Chrupalla, colíder de Alianza por Alemania (AfD), ha llegado a aplaudir estos días al gobierno de España y ha ido incluso más lejos que Pedro Sánchez, exigiendo la retirada de las tropas americanas de su país, así como de todas las armas nucleares desplegadas en suelo alemán. Lo dijo en el contexto de la guerra de Irán, pero es que el "bases fuera" es uno de los puntos centrales del programa electoral de AfD. Como también lo es su rechazo a la OTAN y la defensa de los motivos de Rusia en la guerra de Ucrania.
Marine Le Pen y Jordan Bardella han reaccionado con desagrado a todas las aventuras militares de Trump, empezando por la operación que acabó con Nicolás Maduro esposado en Venezuela. Pero es que Agrupación Nacional es un partido fundado alrededor de los principios del soberanismo. Por mucho que simpaticen con algunas de las políticas de Trump, sus líderes no pueden aplaudir que Estados Unidos arreste a un presidente extranjero por motivos ideológicos, aún menos para extorsionar al país entero para obtener recursos económicos. Un simpatizante de Le Pen argumentaba hace unos días en una cena con amigos que no son ellos quienes se han alejado del movimiento MAGA. "Quien se ha alejado es el presidente de los Estados Unidos".
Los partidos más asentados además ya están gobernando, o tienen expectativas realistas de gobernar pronto. Necesitan ser vistos como una alternativa que pueda defender los intereses nacionales. Esta descripción aplica también a Francia, donde muchas de las proyecciones demoscópicas hechas en los últimos meses dan la presidencia a Bardella, independientemente de quién sea su rival en la segunda vuelta. En esa segunda votación es, de hecho, donde más le interesa a Agrupación Nacional marcar un tono capaz de atraer al voto más moderado ante, por ejemplo, un candidato de extrema izquierda.
El caso italiano es seguramente el más significativo. Dentro de la AfD utilizan informalmente el término “melonización” para hablar de lo que ha hecho Giorgia Meloni con Fratelli d’Italia desde que llegó al poder. Lo dicen como un insulto, porque consideran que ha traicionado el proyecto. Pero están describiendo una transformación que empezó en los meses previos a su llegada al poder y que ha apuntalado en el Parlamento italiano esta semana, declarando que la intervención militar de EEUU e Israel vulnera el derecho internacional. Días después le negó al Pentágono el uso de la base de Sigonella (Sicilia) para bombardear Irán. "Italia no forma parte de esta guerra ni tiene intención de hacerlo", ha dicho en repetidas ocasiones.
El líder de Reform UK, Nigel Farage, apoyó con efusividad los ataques de Estados Unidos en Irán en un primer momento, llegando a criticar al primer ministro británico, Keir Starmer, por no alinearse de la misma forma con la Casa Blanca. Sin embargo, dos semanas después del inicio de la guerra, Farage matizó su postura tras explicar que el conflicto estaba generando opiniones dispares dentro de su propio partido. Hay quien habla de un distanciamiento personal entre Farage y Trump, fruto de alguna rencilla, pero lo cierto es que dentro de Reform UK asumen que está perdiendo electores ante lo que llega de EEUU. Y no quieren arriesgarse justo ahora, ya que todas las encuestas publicadas los retratan como vencedores si se convocasen elecciones. Gracias al sistema electoral británico, además, podrían gobernar cómodamente.
Luego hay casos extremos, como el del Partido Popular Danés que, pese a sus siglas, representa a la derecha radical. Su líder, Morten Messerschmidt, que era un trumpista de primera hora y solía visitar al presidente americano en Mar-a-Lago, se ha visto obligado a repudiar la alianza y a forzar una postura de confrontación retórica con Washington. "Déjenme decirlo de una manera que lo entienda: Trump, vete a la mierda", gritó uno de sus eurodiputados en la tribuna de Estrasburgo hace unas semanas.
En este contexto, la excepción española es llamativa. Vox lleva tiempo funcionando como una suerte de franquiciado de otros movimientos, copiando sus estrategias, lemas, métodos y campañas. La Fundación Disenso está estrechamente vinculada, incluso inspirada, en la Heritage Foundation. Y conocidos son los vínculos con el partido húngaro Fidesz y con Viktor Orbán, así como con el Likud israelí de Benjamin Netanyahu. Además, Vox mira también a América Latina, donde Javier Milei (Argentina), José Antonio Kast (Chile) o Nayib Bukele (El Salvador), por citar a tres presidentes conocidos, mantienen su respaldo a las políticas de Trump.
Según Guillermo Fernández Vázquez, un politólogo de la Carlos III que ha seguido desde el principio la evolución del la formación, a Vox le cuesta distanciarse más que a otros partidos porque sus vínculos son más estrechos. “Vox tiene mucho peso internacional a pesar de que no es uno de los más votados. Abascal es el presidente de Patriotas en Europa, y quien ha proyectado a Vox en el mundo es el movimiento MAGA. Vox es un interlocutor privilegiado para Europa y América Latina”. El partido de Santiago Abascal, dice, ha ejercido en los últimos cuatro años de nexo de unión entre los tres territorios: la derecha nacionalista europea, la nueva derecha estadounidense y las nuevas derechas en latinoamérica”.
Vox no tiene además tanta presión para distanciarse de Trump como Meloni o Le Pen. Primero, porque no aspira a gobernar en el próximo ciclo electoral, sino que su estrategia es a medio plazo. “Sacrificar unos puntos en las encuestas no es tan grave como sacrificar amistades que ha costado mucho forjar. Es una cuestión de lealtad”, explica una persona que abandonó el partido hace varios meses. El segundo motivo es que las purgas han silenciado debates internos como los que se han producido en Reino Unido o Alemania, donde este asunto se está discutiendo de manera más o menos transparente. Finalmente, la beligerancia de Pedro Sánchez con el trumpismo también ha contribuido, por oposición, a reforzar la postura de Abascal.
Por supuesto, tampoco se puede descartar que a quienes mandan hoy en Vox les parezca que lo que está ocurriendo estos días en Irán es una guerra justa y necesaria, incluso para los intereses de España. Pero esa es otra historia.
