Messi y la Argentina finalista: ¿por qué tiene tanta razón Scaloni cuando dice que “no es arrogancia, es corazón. Somos únicos”?
Se llama aura. Un viento suave, que ordena las ideas del equipo en los peores minutos -contra Egipto, versus Inglaterra-; una tormenta feroz que impacta en el rival y lo atemoriza al punto que cracks del tamaño de Kane o Bellingham apenas pueden parar la pelota. Digo equipo y aunque todos saben que me refiero a Argentina, lo explico: si hay una selección que “quiere ganar la Copa de verdad” (Páredes dixit) es Argentina. Están sus números, su invicto, Messi, sus dos remontadas y su fervor ante la adversidad. Si hay un vínculo real, afectivo, histórico con alguno de los 4 semifinalistas del Mundial es con Argentina. Y si existe alguna forma de identidad a la cual adhiero, para ganar o para perder, es esta: voltear un partido clásico así, que es fútbol pero también geopolítica, y no cualquier clásico. Así o nada. A los inventores del fútbol mostrándoles cómo se juega hoy al fútbol. En los últimos minutos, atropellando, aguantando. Confundiendo a las tribunas sobre su empapada camiseta, si las gotas que caen de sus pechos son por un diluvio o es el sudor.
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