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Democracia en riesgo

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23.03.2026

Pico y Placa Medellín

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Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co

En todas las encuestas el candidato del totalitarismo comunista muestra consistentemente la más elevada intención de voto en primera vuelta y resulta vencedor, cualquiera sea el oponente, en segunda. Que parezca estancado alrededor de 35% y que la suma de los porcentajes de sus oponentes supere esa cifra es un magro consuelo que no puede hacernos ignorar el extremo riesgo en que estamos de perder la democracia.

Ese 35% equivale ya a unos 8,5 millones de votos: prácticamente los mismos que obtuvo Petro en la primera vuelta de 2022. Los votos clientelistas de los partidos Liberal, Conservador, de la U, MIRA y otros menores pueden inclinar la balanza en segunda vuelta, como ocurrió hace cuatro años.

Colombia avanza deliberada y conscientemente hacia el abismo. ¿Cómo explicarlo? No basta con invocar errores de campaña o fragmentación de la oposición. Hay factores más profundos.

El primero es la fascinación que, como advirtió Popper, ejercen las ideas totalitarias sobre amplios sectores que se sienten desprotegidos en una sociedad abierta y competitiva. El llamado de la tribu. El segundo, la hegemonía de las ideas socialistas entre académicos, intelectuales y periodistas. Durante décadas, estas élites han moldeado el clima de opinión presentando el estatismo como sinónimo de justicia y el mercado como fuente de inequidad. Finalmente, como lo señaló Stuart Mill, el gobierno representativo difícilmente prospera cuando hay amplios contingentes de votantes pobres vulnerables a la demagogia, a las promesas inviables y a la manipulación emocional.

Convergen cinco fuerzas que empujan en la misma dirección: los comunistas doctrinarios, liderados hoy por alguien de su entraña; los pobres, impulsados por una eficaz combinación de demagogia y coacción; los ilusionados semi-educados, que creen en soluciones mágicas; los corruptos con sus clientelas, siempre dispuestos a negociar el poder por prebendas y las bandas narcoterroristas, que en los territorios bajo su control obligarán a votar por quien sienten como uno de los suyos.

Existe otra Colombia —silenciosa y dispersa— que puede inclinar la balanza si logra ser convocada. Es la clase media que trabaja, ahorra y paga impuestos; los abstencionistas que han renunciado a la política por hastío; los trabajadores independientes que sobreviven sin subsidios ni privilegios; los pequeños y medianos empresarios que generan empleo en medio de la incertidumbre.

Hay, además, un hecho nuevo que no debe subestimarse: por primera vez en mucho tiempo, el anti estatismo ha entrado sin complejos en el debate político. La defensa de la libertad económica, antes marginal o vergonzante, empieza a encontrar voz y eco. A ello se suma un contexto internacional cada vez más crítico del intervencionismo y más receptivo a las ideas de mercado, lo cual refuerza la legitimidad de un viraje en esa dirección.

El curso de acción es claro: unificar el mensaje en defensa de la libertad económica y el orden institucional y hablarles directamente a esos sectores con un lenguaje claro, sin tecnicismos ni complejos. No se trata de prometer, sino de advertir; no de seducir con ilusiones, sino de convocar con realismo. La democracia no se salvará sola.

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