Los pinos que trajo Franco: el legado incendiario de una dictadura
Un fantasma que recorre los montes españoles
Resulta curioso y profundamente triste contemplar cómo en las tertulias, debates y entrevistas a "expertos" en medio ambiente forestal en medios de comunicación, cuando las llamas devoran nuestros montes, nadie —ni siquiera aquellos que se consideran progresistas o ecologistas— señala un hecho que debería ser imprescindible denunciar. Me refiero al modelo forestal español que seguimos sufriendo, que no es otro que el legado del franquismo. Franco nos ha legado gran parte de los bosques que arden o que, con toda seguridad, van a arder. Las políticas de repoblación forestal durante la dictadura transformaron el paisaje de gran parte de España, y el pino pinaster fue, de hecho, una de las especies protagonistas de este proceso. Comprender esta herencia es esencial para entender por qué nuestros montes arden con tanta facilidad y por qué las soluciones que se nos ofrecen son, en el mejor de los casos, insuficientes.
Los "remedios" franquistas para el hambre
Para entender el origen de esta política forestal, debemos situarnos en el contexto de la posguerra. La política económica del primer franquismo, entre 1939 y 1952, se basó en la autarquía —la búsqueda de la autosuficiencia—, el intervencionismo estatal y el control de precios y producción. Estas medidas resultaron un desastre: provocaron hambre y miseria generalizadas. El racionamiento oficial era insuficiente, especialmente para la población trabajadora, y la situación se agravó con las malas cosechas, generando un enorme descontento entre los campesinos. En este contexto de represión y violencia, que impedía cualquier protesta efectiva, el gobierno recurrió a la mano de obra forzada de presos políticos para realizar obras públicas, lo que empeoró aún más las oportunidades de empleo para los trabajadores libres.
Fue en este panorama desolador donde surgieron las repoblaciones forestales como una supuesta solución. El régimen presentaba la plantación masiva de árboles como una obra de regeneración nacional, pero la realidad era muy distinta: se trataba de un proyecto económico y político que beneficiaba a los intereses del Estado y de las grandes empresas papeleras, mientras que la población rural pagaba el precio más alto. Tal vez esto explique porqué más del 70% de los bosques son privados, es decir el estado les repobló gratis sus montes.
Las repoblaciones: ¿una ayuda para los jornaleros?
Es cierto que las repoblaciones del Patrimonio Forestal del Estado generaron empleo rural, y en aquellos años de penuria proporcionaron jornales que permitieron sobrevivir a muchas familias. Para algunos, era el "trabajo que había". Sin embargo, este beneficio fue extremadamente limitado.
Los salarios eran miserables: un trabajador podía cobrar 25 pesetas al día, lo que equivale a unos 16 céntimos de euro actuales, aunque en otros casos se pagaba a 100 pesetas (unos 60 céntimos) por tareas más duras, como picar piedra. Hubo denuncias constantes por los bajos salarios y las condiciones inhumanas. Además, el empleo era estacional, concentrándose en otoño e invierno, cuando la actividad agrícola disminuía, lo que dejaba a las familias sin ingresos durante gran parte del año.
Pero el problema más grave fue el conflicto social que generaron estas repoblaciones. Lejos de ser un "remedio" bien recibido, provocaron una fuerte conflictividad en el campo. Los campesinos........
