El río que la ciudad olvidó
En Neiva hemos aprendido, casi sin darnos cuenta, una forma triste de habitar el territorio: vivir al lado del agua, pero no con el agua. Somos una ciudad atravesada por ríos, quebradas y afluentes que bajan desde las montañas para encontrarse con el Magdalena; sin embargo, durante años los tratamos como si fueran simples accidentes urbanos, franjas incómodas o patios traseros donde podía terminar aquello que no queríamos ver.
El Río del Oro es quizá uno de los símbolos más dolorosos de esa contradicción. Por su nombre, por su historia y por su presencia en medio de la ciudad, debería ser paisaje, memoria y orgullo colectivo. Pero durante demasiado tiempo fue convertido en receptor de basuras, escombros, aguas contaminadas e indiferencia. No murió de un día para otro. Lo fuimos dejando morir entre todos, por acción, por omisión y por costumbre.
El Río del Oro nace en el occidente de Neiva y desciende hasta entregar sus aguas al Magdalena. Hace parte de esa red hídrica que explica nuestra existencia como asentamiento humano. Junto al río Las Ceibas, vital para el abastecimiento de agua de la ciudad, y a las quebradas que atraviesan distintos sectores urbanos y rurales, conforma una riqueza natural que no siempre hemos sabido valorar. Neiva no nació a pesar de sus aguas; nació gracias........
